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ACÉFALO

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En una remota caja de ajedrez, hundida en el rincón más inhóspito y húmedo de un viejo placard de algarrobo, dos ejércitos placían de un largo periodo de paz. Dividida en dos cubículos por una fina madera de álamo, el nicho figuraba más como un par de fosas comunes en donde aquellos guerreros mantenían con una proeza admirable, desde la última batalla, la posición en la que fueron a caer. De un lado, un color; del otro el enemigo, que de apoco comenzaba a ser un recuerdo añejo, a punto de esfumarse por completo y para siempre. Erguido en la oscuridad y con la mirada frente a la pared, una de las piezas fue presa de una expansiva idea, y en ese lugar en donde el tiempo y el espacio parecieran no existir, una pregunta se hizo susurro en el círculo de su cabeza.

-¿Quién soy?

Al principio aquellas palabras apenas se escuchaban en la distancia de las imágenes, pero al viralisarse con un ritmo vertiginoso, comenzó a sentir cómo su cuerpo entero se desestabilizaba. Pensó en que quizás, perdido en algún tramo de los ciclos, había dejado de dormir y que un transcurso de sueño bastaría para recobrar la fuerza de su identidad. Para no perder la razón, se inició en una serie de memorandos cada vez que se disponía a calmar el intenso vibrato de su mente y regenerar su cuerpo de guerrero. Aquella práctica respondía a la valentía de quienes jamás detienen sus pasos, por muy encerrados que se encuentren. Afrontó las preguntas, y las respuestas aparecieron como tímidas enanas blancas que estrellaban el pequeño fragmento de su materia gris.

-¿Quién soy? Creo ser un guerrero.

Romper con el encierro de los pensamientos y despertar la esencia original implica una tarea desgastante, incluso para aquellos que nacieron con el destino de vivir bajo el sello de reglas de origen desconocido, aceptando el final sin más. Cada cual codifica su sistema receptivo, pero aquí sucedía que a cada respuesta, una singularidad silenciosa lo asfixiaba hasta casi desmayarlo. La bocanada de aire con la que el aliento regresaba, traía en su destello un cuestionamiento forastero, y la rueda comenzaba a tomar una velocidad sorprendente.

-¿Qué guerrero siento ser? -entonces su ADN vertió en catarata y una palabra coloreó su signo- Soy un peón. ¿Cuál es mi misión? -la contestación germinó con la paciencia de los tallos, haciendo añicos la entereza de la carne- ¡Carne! ¡Carne de cañón!

Fue sólo entonces cuando el verbo se hizo carne que sintió el polvo y la agonía de saberse. La penuria de sus movimientos y la valentía de aceptarse siempre primero para morir en combate por una causa olvidada, retornaron a él como la parca sobre los arboles esqueléticos del invierno.

-¡Morir! ¿Defendiendo qué y contra quién?

Había en su desmemoria una defensa sólida sobre el flanco de sus intentos, pero al igual que la gota que agujerea la piedra, persistió en su objetivo. Al verse imposibilitado de recordar por quién luchaba y contra qué, figuró sus formas partiendo de lo conocido, su propia forma. El enemigo era él, o al menos era igual a él. En consecuencia, la causa que defendía debía ser parecida. Se mantuvo en ello hasta quedar exhausto. A punto de rendirse, desveló desde las entrañas de su resignación el secreto que dormía en el bajo fondo de las sesenta y cuatro constelaciones en donde tantas veces había sacrificado su vida.

-En el final del camino, sobrevivir exige la responsabilidad de transformarse.

Cuando por fin se dispuso a esparcir la cuadrícula de su raciocinio entre sus colegas, incluso tratando de romper la frontera de la enemistad con sus vecinos para hacer de los cuatro vientos la voz de la libertad, la caja se abrió. Desde el alto cielo una destreza divina se mostró irreductible ante la mera presencia de ideas propias. Le cortó las sospechas y ordenó formal filas. La guerra había regresado.

El eco de aquellos pensamientos quedó postrado en el arca de la resurrección, penando heridas de guerra sobre un organismo que ya no le pertenecía. En ocasiones, cuando la noche aluna o cuando el día incendia, los espejos tiemblan como queriendo llamar a quien tenga la valentía de enfrentar el reflejo de pensamientos acéfalos y coronarlos allá, en el horizonte.

  • La imagen destacada y la que acompaña el texto pertenecen al autor del artículo.

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