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Amo o amo

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Todo amor verdadero,
profundo,
es un sacrificio.
Jung

Unas amigas muy pacientes le explicaban al amigo de una de ellas que el feminismo no tiene que ver con la violencia o la sumisión del hombre. Le decían eso porque él afirmaba que sería mejor un planteo que busque una igualdad. Mi sangre latía por largarle a la cara: “antes de decir semejante estupidez, informate, flaco”. Sin embargo, me quedé calladita escuchando cómo, con toda la paciencia del mundo, mis amigas le explicaban. Allí aprendí, más que ese muchacho que cuando nos fuimos, aunque escuchó argumentos sólidos desde varias perspectivas, no quedó muy convencido. Yo sí. Quedé convencida de que mi primera reacción visceral de tratarlo de estúpido, a diferencia de mis amigas, hubiese sido un acto desde la soberbia hacia una persona que ignoraba un vasto trasfondo de acciones, pensamientos, críticas y re-acciones de años y de olas.

La forma de mis amigas, lejos de prender fuego al macho que habitaba en él como dictaban mis vísceras, fue amorosa. Eso es lo que aprendí. La amorosidad hacia el otro es un acto de potencia revolucionaria del que carece el ataque. Porque la lógica patriarcal y capitalista legitima el ataque hacia aquello diferente. En cambio, al abrazar lo distinto desde una postura crítica demuestra que hemos crecido como personas, como humanas que somos y que estamos en busca de subvertir un orden de lógica violenta y asesina.

Otra de las bases de esta lógica violenta y asesina es más sutil. No consiste en la coerción, sino en re-significar hacia el consumo capitalista fechas emblemáticas de la lucha del colectivo mujeres. Así sucedió este 8 de marzo en la capital neuquina. En uno de nuestros templos más grandes del consumo el escenario fue una decoración con mesitas, velas, bebidas en frascos devenidos vasos, todo muy chic con el lema “Feliz día de la mujer”. Está claro el concepto de mujer de este lugar. Allí rebalsaban de felicidad personas muy pitucas celebrando cual divas la conmemoración de un asesinato en masa de ese colectivo al que pertenecen. Una paradoja histórica por donde se la mire.
No quiero destruir la casa del amo con las herramientas del amo. Están cargadas de una forma despiadada de actuar en el mundo. Ojalá aprendamos a comunicarnos de una forma no violenta. De intercambiar y aceptar otros perspectivas para dar por tierra esos prejuicios que se arraigan cada vez que nos expresamos reaccionariamente sobre aquello que ni siquiera entendemos. ¡No, no, no! No podría decir que amo al amo. Sería mentir. Sin embargo, intentaría abrazar a los perros del amo aunque me quieran morder. Des-colocarlos desde el amor para que experimenten esa sensación; la única que puede salvarnos.

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.
Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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