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Cómplice de lo que no

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Esta semana visité otra provincia. A pesar de la tonada diferente al hablar, había varias similitudes con la nuestra que no tienen que ver con el nacionalismo -¿o sí?. Les cuento una situación que me dejó pensando. Escuché gritos de una mujer en la calle. Miré al otro lado de la avenida y vi una pequeña multitud y un móvil policial. Quien había gritado forcejeaba con tres policías hombres mientras otras chicas jóvenes les gritaban a los policías junto a un hombre mayor casi calvo. La mujer, que seguía gritando, vestía solamente un pantalón y corpiño. Del otro lado de la avenida no pude entender qué sucedía. Crucé la calle. A pesar de su resistencia corporal -que consistía en la fuerza de su voz y su físico en contra de los tres uniformados- fue metida adentro del móvil. Llegaron dos motos azules a toda velocidad que casi me atropellaron mientras iba cruzando la calle. El móvil arrancó enseguida. Cuando por fin estuve cerca, escuché la discusión del señor mayor casi calvo con las chicas jóvenes. Él les decía, muy indignado, que la policía estaba haciendo su trabajo.

Esta semana falleció Gualberto Solano, padre de Daniel Solano quien desapareció en 2011 en la ciudad de Choele Choel, en nuestra provincia vecina, mientras trabajaba para Expofrut. ¿Por qué desapareció Daniel? Porque reclamaba lo que le corresponde a toda persona que trabaja. Daniel, más que un desaparecido, era un joven trabajador que nació en Tartagal en 1984 y pertenecía a la comunidad guaraní Misión Cherenta. Me asombran las notas de algunos medios que lo presentan como un nombre sin historia, un número, como los siete implicados en su desaparición a los que se refieren, a esos no les ponen ni siquiera nombre ¿Quién son esos siete? Otros que hacían su trabajo.

Esta semana también liberaron el video de la golpiza que recibió Facundo Agüero en nuestra segura ciudad capitalina. En el hospital, le dijeron a su madre que se había caído de un paredón mientras escapaba de la policía que lo perseguía por haber robado una colonia. En el video se puede ver que lo único que cayó fue el cuerpo de Facundo, pero no de un paredón, sino en manos de quienes deben velar por nuestro bienestar. Las piñas, patadas, rodillazos y otros golpes que la cámara no alcanza a captar fueron contundentes sobre Facundo. Los golpes más duros son los que sufre cuando ya está reducido en el piso. Su mamá encontró el recibo de la colonia en la billetera de Facundo. Sin embargo, aunque la hubiese robado, la violencia no se justifica, ¿o los uniformados ya tienen el poder de juzgar? Otros que hacían su trabajo.

Esta semana también hubo una violenta represión en Rawson. La noticia fue levantada por muchísimos medios, en los títulos se pudo leer que un uniformado había muerto. Lo primero que se piensa es que murió por el enfrentamiento con las personas que se manifestaban. Sin embargo, el comisario fallecido sufrió un ataque al corazón en medio de los disturbios. La forma de presentar la noticia deja en segundo plano el reclamo y en tercer plano la represión que sufrieron quienes reclamaban por no cobrar sus sueldos. El gobernador de Chubut, hace algún tiempo, dijo con mucha soltura: “¿Me van a decir que no tienen unos ahorros para aguantar unos días?” No se puede aguantar unos días ni unos meses sin dinero, pero el gobernador eso no lo sabe, por eso hubo balas de goma disparadas por quienes, también, hacían su trabajo.

En las últimas semanas, muchos de estos acontecimientos se reproducen hacia el infinito y parece que comienzan a convertirse en algo natural de nuestra realidad. Cuando decimos “hay que meter bala”, “hay que matar a todos estos” o, simplemente, “hacen falta más policías en el barrio” estamos construyendo esta realidad. Pero, si bien no lo parece, también lo hacemos con la indiferencia y nos convertimos en silenciosos cómplices de lo que no.

La Ninfa del Limay

ABRIL – 2018

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