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En defensa de lo (a)biótico

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¿Te acordás cuando íbamos a la primaria y en ciencias naturales teníamos que distinguir biótico de abiótico? Me acuerdo que me costó muchísimo. Enumerábamos los elementos de un ecosistema y después teníamos que hacer una tabla de doble entrada: biótico / abiótico. Mi gran problema fue con una tortuga muerta. No recuerdo quién la había puesto en los ítems a clasificar, si la maestra o yo -sí, a veces me daba por agregarle elementos a las tareas. La cosa es que como estaba muerta, le puse abiótico; la maestra nos había dicho bien clarito: “lo biótico es lo que tiene vida y lo abiótico es lo que no tiene”. Cercana, desde pequeña, a cómo se representan en la lengua los prefijos como a-, i-, in-, des-, reforzaba lo que había dicho mi adorada docente: si lo biótico es la vida lo a- será sin vida. Tortuga: abiótico: error. Ahí empezó mi confusión. Después el problema vino con el agua y las piedras, ¿en qué columna iban? La maestra nunca dudaba, era segura y siempre tenía, taquito al pie, la respuesta. Nunca entendí su criterio.

Seguimos creyendo en la división dicotómica de lo biótico y lo abiótico. Todavía se estudia en la primaria y algunas personitas se preguntan si las piedras están vivas. ¿Acaso no tienen un espíritu como el agua, como la tortuga viva o muerta? Por supuesto que la perspectiva que hace esta distinción bipartita no tiene en cuenta otras formas de ver el mundo. Por eso no duda. Por eso no entendemos su criterio. ¿Qué es lo que está vivo en este mundo? Por supuesto que no hablamos de lo que tiene conciencia, sino lo único vivo serían los seres humanos y algún otro animalito. Lo orgánico tal vez, pero la multiplicidad de sentido de esta palabra también nos impide reflejar allí los términos biótico y abiótico. ¿Será una categoría que deberíamos considerar obsoleta o es tan obsoleta que ni siquiera la deberíamos considerar?

“Seño, ¿la caca es biótico o abiótico? A la dirección”, es uno de los diálogos que recuerdo. Pero hoy las docentes están más abiertas a consultas y manejan de otra forma las preguntas escatológicas cuando consideran que realmente existe la duda y el afán por aprender. Lo que nos quedó clarísimo es que una célula es biótico -sí, no hacíamos caso a la concordancia de género, la célula, aunque sea femenina, era biótico. Por lo tanto, nuestras células nos hacen seres bióticos. La tortuga, aunque esté muerta, es biótico porque tiene células. ¿Podemos elegir lo que es biótico o abiótico? Pareciera que no, pero sí podemos elegir qué muere y que no. Si muere una tortuga, no hay pedo. Si matamos un mosquito o una cucaracha, menos. Incluso, en varios contextos si se mata a un ser humano es legitimado por un gran sector de la población. Lo extraño, muy muy raro, es que ese mismo sector de la población, que no duda en matar un animal y justifica el asesinato de una persona, pida por la vida de una célula no nacida.

Al parecer, el problema es que el relato ha sido ese desde hace tanto tiempo que nos impide torcerlo y ver por fuera. Mi postura es en defensa de lo (a)biótico. Quiero que paren de aniquilar al agua y romper las piedras. No me importa si esas piedras caen arriba de una población. Tampoco si el agua ahoga la población. Nadie puede decidir por otro ser biótico o abiótico, no es suyo, por más que esté cerca suyo o que la piedra crezca dentro tuyo -en la vesícula o los riñones, por ejemplo- tenés que dejarla existir por más que no quieras, por más que te duela, por más que te mueras. La entidad sea biótica o abiótica tiene derecho y si no querés convivir con ese ser no te hubieras instalado en ese lugar proclive a ser aplastado o inundado. No hubieses comido porquerías para que no te crezcan piedras adentro. Tuviste un momento de decidir, ahora ya está, a bancársela. ¿O vos te la sacarías?

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.
Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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