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El orden del mundo

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Yo tenía tres libros y una foto del Che

ahora tengo mil años y muy poco que hacer”

Charly García

Hay un orden en el mundo. Quizás, como el orden de una biblioteca. Eso lo sabe muy bien el historiador Roger Chartier, que tituló su libro más famoso El orden de los libros (1992). Allí, cuenta que Gabriel Naudé, un bibliotecario francés del 1600, le recomendó al presidente del Parlamento de París -un gran coleccionista- que para poder llevar a cabo la “bella empresa” de reunir libros había que hacer como los médicos, que ordenan sus drogas según su calidad.

Esa biblioteca no podrá reunir todo el patrimonio de la humanidad pero, como dijo Borges -Jorge, no José-, “sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintidós símbolos ortográficos… en todos los idiomas”. El escritor argentino, en “La biblioteca de Babel” (Ficciones, 1944) asimila al bibliotecario con un pensador y con un viajero.

Y recordemos que Babel era una biblioteca que se derrumbó producto del desorden… de lenguas.

La biblioteca será, entonces, el mapa vital de su dueño. Por esto, las historias clínicas deberían registrar, además de las medidas antropométricas, dolencias y tratamientos del paciente, los libros que leyó. Tal vez los que no leyó deban ir en la hoja de las enfermedades incurables.

Lucio V. Mansilla, político destacado del Centenario argentino, dandy y escritor de Una excursión a los indios ranqueles (1870) estaba en la ruina y mandó a un amigo a vender su biblioteca personal porque consideraba ese despojo como un deshonor. Esto lo cuenta Matías Serra Bradford en su novela documental La biblioteca ideal (2009), donde cuatro amigos sueñan con armar una biblioteca que alargue la vida. Por el simple hecho que leer nos vuelve un poquito inmortales.

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