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El río, lo humano y la vida

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Y aunque en mi piwke los llevo graba’os
hoy no pronunciaré los nombres
de mis peñi asesina’os
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En mis cientos de años el río ha sido un sinónimo de vida. Donde sus aguas fluyen reverdece y se inunda de vitalidad. Me entristece que hoy ya no. Los ríos de nuestra ciudad, cuando no están encorsetados de cemento, son pestilentes, cargados de tóxicos o todo lo anterior comprimido en la píldora del desarrollo que tomamos, todos nuestros felices días, con un vaso de agua de la canilla. No nos podemos refrescar en ellos sin riesgo de enfermarnos. Así sucede a lo largo y ancho de nuestra preciada zona de sacrificio.

Sin responder a palabras necias que no dan lugar a pensar mentiras en los medios de comunicación, quienes emiten tales necedades no pueden negar que el río Chubut ha sido inundado de muerte. Un cuerpo, hoy cadáver, da cuenta a toda esta región, dícese argentina, y al mundo de una escena de horror que será replicada una y otra y otra vez, pero, tristemente, no es la primera muerte relacionada al agua y a la resistencia de los pueblos originarios de la que el Estado se desentiende.

Nada resulta más sencillo de comprender a partir de cómo vivimos y nos relacionamos. Los seres de odio son sencillos de manipular, no porque sean estúpidos sino porque su individualidad y alienación, que alimentan el sentimiento de menosprecio y bronca por las demás personas, les imposibilita la reflexión. De allí surge la palabra terrorista y es aceptaba, aplicada y replicada sin pensarlo mucho, porque lo que sale en la tele es cierto o ¿podríamos ser tan ignorantes de no darnos cuenta de que los discursos tienen un sentido y que la verdad no importa?

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Nada debe darse por supuesto; digo humano como característica del ser racional sensible y comprensivo respecto a lo que lo rodea. Esa persona que se reconoce sentipensante es humana. Ya no lo somos; no nos importa el río ni haberle asignado una carga mortuoria porque nos rige una máxima incuestionable que antes fue dorada y hoy es verdosa. Lo que de ello se desprende es el tener tener tener, la santa trinidad de la religión capitalista. Vasta no adherir a esta máxima para convertirse en un hereje, ser rotulado como terrorista y, bajo esta etiqueta, perseguido. Moraleja de la fábula actual: si no acompañas la máxima impuesta, de derechos no gozarás. Si la acompañas y no eres normal, enseguida los perderás.

Desde la comodidad del control remoto es fácil blasfemar todo aquello que sea crítico. Todo lo que te corre de esa zona de confort chancha en la que estás se percibe amenazante. Pero, en cambio, sí te moviliza el circo que te hace gritar y satisfacer algo que ni siquiera podés explicar por qué y le decís pasión, aunque lamentablemente ninguna pasión se funda en la perversidad y la competencia. Eso que te moviliza es la manipulación y vos sos parte de esa masa que ciertas manos ponen sobre la mesada y le pueden dar la forma que se les antoje o dejarla informe, como te gusta. Hacemos de la vida muerte y gozamos perversamente de aquello en lo que nunca nada ha habido. Por eso, hoy, las palabras no alcanzan.

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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