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Encuentro con Juan Villoro: del desierto y otras literaturidades

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11 de marzo de 2019, Ciudad de México

Hace poco más de un mes, en la Ciudad de México, tuve la grata experiencia de charlar -o “platicar”, como dicen allá- con Juan Villoro, un escritor que admiro desde que leí, su novela, El testigo (2004). La figura idealizada de escritor que tenía en mente se convirtió en alguien de carne y hueso, una persona generosa y muy enfocada en esta pasión compartida que es la literatura.

A través de correos electrónicos, acordamos encontrarnos en un pequeño café llamado “El olvidado”, en la colonia de Coyoacán. Al llegar, Juan todavía no estaba allí. Aproveché para entrar al baño y quitarme un poco la sofocación que me apretaba el cuello desde el metro, a lo que se sumaba mi ansiedad por el encuentro. Cuando salí, él estaba allí, casi llegando al techo del café; su altura no podía pasar desapercibida. Nos saludamos y, antes de comenzar, cada uno pidió un té. De esa charla, tomé algunas cuestiones que me gustaría compartir con ustedes.

Benjamín: Este tiempo transcurrido en México, intenté acercarme a la literatura del desierto, ¿qué me podría decir al respecto de esa literatura?

Juan: De los escritores del desierto en México, yo señalaría algunos de los más famosos: Daniel Sada, Severino Salazar, Jesús Larrea, Eduardo Antonio Parra, entre otros, Cutberto López, dramaturgo, Abigael Bohórquez, poeta, en fin, yo creo que son algunos de los nombres que podemos mencionar.

Como común denominador, sin lugar a dudas, está el hecho de que el desierto, por ser un espacio despoblado, es un sitio donde todo ocurre por excepción. Si se da un encuentro entre personas en el desierto, este encuentro es, o bien, accidental, o bien, producto de una circunstancia anómala, lo normal del desierto es que no haya nadie. Los desiertos mexicanos son muy grandes y están muy despoblados. Entonces, esa es una característica esencial: el vacío. Por lo tanto, es un lugar que pone a prueba a quienes ahí se aventuran. De alguna manera el desierto tiene la misma implicación de supervivencia que la isla desierta. Estos espacios emblemáticos de supervivencia donde alguien se pone a prueba a sí mismo. Y el desierto tiene esa característica, que lo lógico sería que el protagonista no estuviera ahí. El sol, la soledad, la falta de agua desafían la presencia de las personas. Entonces, en ese sentido el desierto obliga a un examen de conciencia y en general en estas tramas del desierto lo que pasa, pasa siempre por excepción.

Por ejemplo, hay un cuento de Jesús Gardea, escritor de Chihuahua, que se llama “La guitarra” que trata de un pueblo solitario, que no está precisamente en el desierto, pero está en un monte muy cercano donde hay una mina y todo el relato transcurre entre mineros. La historia trata de una guitarra que de pronto desaparece y enloquece todo el mundo porque ya no está ahí la guitarra. Y uno se pregunta cómo le tocan, qué tanta importancia tiene la guitarra. Resulta que la guitarra, un poco por su sinuosidad de curvas, es lo único que a esos hombres solos les recuerda el cuerpo de las mujeres. Entonces, la desaparición de la guitarra es la desaparición del último objeto que les recuerda el deseo por el otro sexo. Es una crónica o una historia de aislamiento extremo y así sucesivamente las historias del desierto tienen que ver con estos casos de soledad extrema. Yo identificaría esto como un denominador común, pero los tratamientos son muy distintos. Por ejemplo, Jesús Gardea es un escritor muy centrado en atmósferas donde los personajes están insolados, son atmósferas muy cargadas de una poética muy próxima a los protagonistas, son atmósferas muy sensoriales, opresivas, que uno asociaría con Onetti, por ejemplo.

En cambio, Daniel Sada es un escritor neobarroco, escribe en verso, tiene una novela gigantesca, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, escrita en octosílabos. De hecho el título son dos octosílabos. El octosílabo es el ritmo natural del idioma. Sin darnos cuenta, muchas veces hablamos en octosílabos. Entonces él construye un universo absolutamente barroco, pero a diferencia de lo que hace Severo Sarduy, Alejo Carpentier o Lezama Lima, que son autores neobarrocos cubanos, y que tratan de imitar en su escritura la inmensa exuberancia del trópico, en el caso de Daniel Sada, la exuberancia es totalmente imaginaria porque ocurre en un lugar donde no hay plantas o las hay muy pocas, hay cactáceas. Es un ejercicio de sustitución: construir un bosque de palabras donde no hay nada. Es diferente, una técnica muy distinta a las de los otros escritores del desierto. Entonces, hay temas comunes, como decía yo, el aislamiento, la soledad, el hecho de que las anécdotas del desierto solo ocurren por excepción porque si hay dos personas ahí, eso ya es raro. Hay ese tono común, pero evidentemente el tratamiento estético es muy distinto entre un autor y otro.

B: Me comentaron en Sonora que en un principio los estudios que se hacían de la literatura regional clasificaron a dicho corpus como literatura del desierto. Sin embargo, actualmente se utiliza el término Literatura Narco o Narcoliteratura.

J: Yo creo que es un error porque la literatura del desierto es una literatura que habla de un territorio federal geográfico que siempre ha estado ahí y tiene que ver con estas características. Un poco por razones comerciales y noticiosas hoy en día se habla de narcoliteratura, pero eso es un subproducto diferente porque esta literatura no necesariamente está relacionada con el desierto. Ciertamente todas las zonas desérticas de México tienen frontera con los Estados Unidos y en todas las zonas desérticas hay contrabando y, por lo tanto, tráfico de drogas. De hecho, la última novela de Daniel Sada trata de estos temas, se llama El lenguaje del juego. Justamente, Daniel Sada, que es uno de los mejores escritores mexicanos, se opone a todo el estereotipo de la narcoliteratura. Porque la narcoliteratura en su conjunto ha tratado de entender al narco como un otro radical, una figura totalmente diferente, una especie de monstruo que se incrustó en la sociedad mexicana y utiliza camisas de Versace, medallas de oro, que tiene una pistola con una cacha de concha de nácar y tiene todas las muescas de las personas que ha matado, es capaz de comerse el hígado de su enemigo o de su amante si lo traiciona. Una figura totalmente estereotipada. Y curiosamente en la narcoliteratura mexicana, tanto en crónica de ficción y de no ficción, este arquetipo se ha reiterado probablemente con fines comerciales por parte de los autores. Porque siempre es espectacular vender estas cosas.

B: De hecho, la narcoliteratura se vende y lee mucho.

J: Se lee muchísimo. Por lo que hay una dosis de oportunismo. De tratar de escribir así. Pero lo preocupante, a mí me parece, es que la mayoría de estas historias sigue en forma servil el discurso oficial que ha inventado el gobierno mexicano. Y subrayo la palabra “inventar”. O sea, el narcotráfico no fue creado por extraterrestres, no fue creado por personas distintas a la sociedad. Fue creado por gente de esta sociedad, muy próxima a nosotros: amigos, parientes muy cercanos que entendieron que era la mejor forma de prosperar económicamente.

Entrevista Juan Villoro Completa – Apuntes de Rabona

Juan Villoro una de la plumas más futboleras que podemos encontrar está en Apuntes de Rabona. Platicamos de la redonda, de literatura, la selección Mexicana y su formación como literario del futbol. No se pueden perder las anécdotas y la pasión con la que vive el deporte más bello del mundo.

B: Claro, no es esa figura del otro radical realmente como se plantea.

J: Exactamente. Por ejemplo, Daniel Sada lo que hace de manera extraordinaria es contar la historia de una persona que ha cruzado la frontera más de diez veces, ha probado suerte en Estados Unidos, no se ha podido quedar ahí y regresa a México y tiene una ilusión tranquila de poner una pizzería. Curiosamente, a través de la pizzería, y de este microcosmos cotidiano, el protagonista entra en contacto con el crimen organizado porque le piden renta para tener su negocio, o le piden favores, le regalan droga, etc. Entonces, es una novela en la que de manera extraordinaria se ve la normalidad del crimen. Que eso es lo que el gobierno no se atreve ni tampoco muchos escritores. Porque si el crimen es normal, tú y yo podemos pertenecer a este circuito. Es decir, no es un monstruo que llegó de un mundo alterno, de una sociedad paralela, sino que es gente normal que conoces. Otra novela, muy interesante, publicada también en el norte de México, es Contrabando, de Víctor Hugo Rascón Banda, escritor de Chihuahua. El título ya es revelador. El no habla de narcotráfico, habla de contrabando. El contrabando está en todas las fronteras, forma parte de la constitución normal de un lugar en el que cruzan cosas. Entonces él llega y empieza a narrar eso y narra en primera persona cómo su propia familia está involucrada en cosas que él no se atreve a juzgar. Y cómo él mismo, quizá, ha sido cómplice pasivo de algunas de estas cosas. Es una novela espléndida que él no se atrevió a publicar en vida porque sintió que era una novela tan sincera que podía involucrar a gente de su familia porque su madre… creo su madre es jueza ahí y algunos de sus hermanos también están implicados en temas legales. Hay un libro, si el tema te interesa te lo recomiendo, que se llama Los cárteles no existen, de Oswaldo Zavala, escritor mexicano que trabaja en la Universidad CUNY en Nueva York. En este libro, analiza cómo el 80% de los escritores que escriben narcoliteratura siguen un estereotipo bastante alejado de la realidad y que confunden mucho la relación. Porque creo que es mucho más difícil entender que el narco es alguien que por necesidad o de manera objetiva entiende que ser sicario es la mejor forma de prosperar. Porque le da dinero rápido, le da un prestigio social en ciertos círculos, le da códigos de pertenencia, prestigio erótico, la atracción del peligro, una serie de cosas que son prácticamente racionales. No son cuestiones de que llegaron unos seres invasores y se apoderaron de la localidad. Que es el discurso que ha construido el gobierno mexicano y que además ha tratado de demostrar que los cárteles se matan entre sí y la violencia es producto de ellos: de una competencia entre cárteles y no producto de la descomposición social que padecemos. Entonces, yo distinguiría la literatura del desierto de la narcoliteratura porque esta última se puede ubicar en la Ciudad de México, en el trópico, en el desierto, en cualquier lugar y básicamente padece de este tipo de estereotipos. Mientras que la literatura del desierto es mucho más abierta, hay muchas formas de ejercerla y muchos autores que han transitado por ahí.

B: Intento pensar la literatura del sur de argentina y chile no como desierto, distinto a este discurso que podría haber fundado Darwin y otros viajeros europeos, de todo el territorio como estéril. De hecho en toda la zona hay muchísima flora, fauna, ríos y lagos.

J: Uno a la Patagonia, desde lejos, no la piensa como un desierto en términos de infertilidad sino en términos de ausencia de personas. Por ejemplo, aquí tenemos un espacio, un bosquecillo que todavía existe, que se llama El desierto de los leones, y como nosotros decimos: ni es desierto ni tiene leones. Pero a lo que se refirieron los pobladores cuando lo bautizaron así era a un lugar vacío, desértico, en el sentido de que no había nadie, y había pumas, leones americanos, entonces era un lugar vacío que terminó como Desierto de los leones.

En la literatura argentina, en un cuento como “El sur”, de Borges, tú nunca sabes que tan al sur está ese cuento, porque no te lo precisa. El cuento termina cuando Dahlmann, que es el protagonista, sale a la llanura, tú la identificas como la pampa. Lo mismo en “El gaucho insufrible”, de Bolaño y en Blanco nocturno, en el que Piglia habla de cómo los gauchos para orientarse, en lugares donde no hay símbolos o signos de referencia, duermen en la silla de montar y colocan la cabeza de la silla de montar en dirección hacia donde tienen que seguir para no perder la referencia en una planicie infinita.

B: Eso sucede mucho en la pampa, de hecho Atahualpa Yupanqui dice algo así como: por suerte está el mar, sino seguiría la pampa.

J: Yo acabo de escribir un libro sobre la Ciudad de México donde tomé el título que tiene que ver con la pampa, porque el título de mi libro es El vértigo horizontal, esa es la definición que el escritor francés Pierre Drieu La Rochelle dio de la pampa. Normalmente, pensamos que el vértigo es algo que ocurre en verticalidad, hacia abajo, que ta da miedo caer. Puede haber un vértigo en la horizontalidad cuando ese espacio es infinito, como en la pampa o en la Ciudad de México, que durante mucho tiempo fue una marea de casas bajas muy extendida y ahora está cambiando porque se está verticalizando. Tomé ese título para describir la Ciudad de México, pero originalmente es de la pampa.

B: Juan, ¿es lector habitual de poesía?

J: Bastante, pero no soy un lector que esté todo el tiempo leyendo poesía y mucho menos poesía reciente, sino autores que me gustan mucho. Mi novela El testigo, parcialmente, es la historia de un gran poeta mexicano: Ramón López Velarde. Borges había memorizado su poema “La suave patria”. Es probable que se lo mencione como el poeta nacional de México, no tan conocido fuera del país. Su biografía es interesantísima. Murió a los treinta y tres años, nunca tuvo una casa, nunca tuvo un reloj, se enamoró de cuatro mujeres que estuvieron a punto de casarse con él, las cuatro le dijeron que no y las cuatro murieron solteras. Su vida es muy interesante. Hay días de su vida que los biógrafos no han podido precisar y yo invento lo que pasó en esos días. Entonces es un libro que está lleno de la poesía de López Velarde y de su mundo y de su época. Luego tengo un monólogo teatral que se llama Conferencia sobre la lluvia, que por cierto se ha puesto en Argentina, con Fabián Vena, le dieron el premio ACE y el Premio del festival de Mar del Plata por esa obra, Fabián ha estado espléndido. La obra es la historia de un bibliotecario que en principio va a dar una conferencia sobre la relación entre la lluvia y la poesía amorosa. Es un hombre que es bibliotecario y de vez en cuando da conferencias y se embarca en ese tema: lluvia y poesía amorosa. Entonces, a su manera este texto es una celebración de los muchos poetas que han hablado de la lluvia en relación con el amor. Naturalmente, para que eso no solo sea una conferencia y sino una obra de teatro tienen que pasar otras cosas. Entonces el protagonista se enreda porque pierde los papeles de la conferencia, empieza a improvisar y al final del monólogo te enteras a quién le está dirigiendo esa perorata. O sea, por qué es posible que escribiera eso. Porque al hablar de la relación entre la lluvia y la poesía amorosa, acaba hablando de sus propias lluvias y de sus propios amores.

Ahora también tengo una conferencia/concierto en donde, en compañía de amigos músicos, hago un recorrido por el modernismo y en especial por la poesía de Amado Nervo y la influencia de Amado Nervo en la canción romántica mexicana. O sea, cómo el gran gurú, a veces advertido y a veces inadvertido, de la canción romántica mexicana es Amado Nervo. Entonces, sobre él he escrito bastante. Sobre poetas me interesa mucho escribir, me gusta. Pero, evidentemente, no es un género que yo cultive y tampoco soy un experto en poesía.

Café Chéjov: Juan Villoro

Café Chéjov conversa con el escritor Juan Villoro acerca del relato narrativo corto, su experiencia dentro de talleres de cuento, y también, sobre algunos de los cuentos de Juan Carlos Onetti, Antón Chéjov y Adolfo Bioy Casares.

B: Pero sí es un lector habitual de poesía.

J: Sí ,soy un lector bastante asiduo.

B: De hecho en la narrativa, según muchos poetas y narradores, aparece la cadencia poética.

J: Yo creo que es muy importante. Nabokov cuando daba las clases de literatura a sus alumnos y alguien le decía “quiero escribir prosa”, le contestaba “lo primero que tienes que hacer es leer poesía para tener mejor ritmo en la prosa”.

B: Estoy al tanto que ha participado de diferentes talleres en su formación como escritor. En México los talleres literarios han sido una tradición en la literatura. Similar a lo que sucede en Argentina. La mayoría de los escritores y escritoras que publican han participado de talleres. Algo que está todavía muy vigente. En Neuquén, por ejemplo, hay muchos talleres y muchas de las personas que publican los integran. ¿Usted cree que en México continúa también esta tradición? ¿Ha dirigido alguno o le han propuesto hacerlo?

J: La comunidad literaria mexicana es complicada; está muy controlada por el Estado. Somos un país en donde el Estado hasta hace muy poco había aportado muchas becas y organizado talleres en relación con las becas. Entonces, por ejemplo, todos los jóvenes creadores tenían tutores con los que se reunían de vez en cuando y, en ese sentido, el Estado ha estimulado mucho el trabajo cultural también en la medida en que de esa manera puede controlarlo mejor. Ahora está eso en crisis porque tenemos un nuevo gobierno que parece va a quitar la mayoría de los apoyos a la cultura en general y a las becas. Es una supresión total de todos los apoyos. Incluso, se les ha dicho a los becarios que han sido beneficiados y han vivido del estado mucho tiempo, que ahora hagan algo en favor de la sociedad, etc. La desventaja de que el estado organice cosas es que todo se oficializa un poco. Los escritores además empiezan a competir de manera rutinaria para al terminar una beca tener otra beca. Saben quiénes serán los jurados de la siguiente beca y tratan de escribir en relación de lo que les guste a los jurados o incluso hacer notas favorables sobre esos jurados. En fin, se presta también a estar haciendo no solo literatura sino una política de la literatura.

En principio es positivo, pero también es paralizador. Tengo amigos que han tenido demasiadas becas. Cuando digo demasiadas quiero decir que ellos han estado pensando siempre que es el estado quien debe apoyarnos, sin pensar que eventualmente son los lectores que deben decidir sobre nuestro trabajo o que hay otras maneras de ganarse la vida. Entonces, ha habido una excesiva dependencia, pero desde luego que también ha sido muy positivo para muchísimas personas. Yo mismo tuve una beca, pero no la volví a solicitar nunca por decisión personal. Desde luego que han ayudado. Pero como todas las becas asintencialistas pueden tener unos efectos paralizantes. Por ejemplo, yo dirigía un segmento cultural en el periódico La jornada y de pronto yo le hablaba a un amigo y le pedía una reseña de libros y me decía yo ya no escribo reseñas porque ya tengo la beca y no escribo más de lo que teóricamente tengo que escribir. Por ahí, tampoco escribía eso. La beca le reducía el interés de participar literariamente en la vida.

Yo he estado en talleres como alumno con dos escritores latinoamericanos que ayudaron mucho a formar talleres aquí: Miguel Donoso Parejas, ecuatoriano, y Augusto Monterroso, guatemalteco. Luego he dado talleres, ahora ya no los doy, pero los he dado algún tiempo. Por ejemplo, de mi taller salió Guadalupe Nettel que es una escritora importante hoy en día.

B: ¿Ya no le interesa coordinar talleres?

J: Pues mira, es una cuestión de tiempo y de edad. O sea, quizás estoy esperando a ser más viejo, o todavía más viejo. Me gustaría tener una perspectiva diferente. Todavía ahora estoy con estas inquietudes y nerviosismos de cómo te relacionas con el medio y los colegas. Quizás estoy esperando una edad más cercana a la sabiduría para, tal vez, regresar a los talleres. Ese es un tema, el otro tema es el tiempo. Esta ciudad te consume mucho. Yo vivo del multiempleo. Entonces de por sí ya no tengo tiempo para nada.

B: Actualmente, ¿está escribiendo alguna novela u otra obra?

J: Desde hace como cuatro años estoy trabajando en una novela. Ahora estoy, espero, en la recta final a ver si la concluyo.

Luego, como buen curioso, Juan me hizo algunas preguntas sobre Neuquén. Le regalé algunos libros que llevaba conmigo y, afectuosamente, nos despedimos.

Breve biobibliografía

Juan Villoro Ruiz nació el 24 de septiembre de 1956 en Ciudad de México. Es escritor, periodista y fanático de fútbol. Ha dirigido el suplemento cultural de La Jornada (1995-1998) y participado en el periódico Reforma y la revista Letras Libres. En 2004 obtuvo el premio Herralde de novela por El testigo. Publicó las novelas El disparo de argón (1991), Materia dispuesta (1997), Llamadas de Ámsterdam (2007), Arrecife (2012) y El libro salvaje (2013); los libros de cuentos La noche navegable (1980), Albercas (1985), La alcoba dormida (1992), La casa pierde (1999 – Premio Xavier Villaurrutia), Los culpables (2007 – Premio Antonin Artaud) y El Apocalipsis (todo incluido) (2014). Se ha destacado como cronista imaginario con Tiempo transcurrido. Crónicas imaginarias (2015). En 2012 obtuvo el premio Iberoamericano de Letras José Donoso. En 2016, el Premio al Mérito Literario Internacional FILZIC “Andrés Sabella” (Antofagasta, Chile). En 2018, el premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.

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