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Justificame la represión

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Imagen de ilustración de nota: Fabián Ceballos

Al leer los impecables diarios de la zona, pareciera como si en los comentarios respondieran una consigna: “deberán justificar una de las distintas represiones realizadas en todo el territorio dícese, por ahora, argentino. Aconsejamos sea la de su región reprimida, pues dará a su justificación un ansiado color local”.

Toda represión tiene aval social, sino no podría darse. Si nadie justificara que se golpee, gasee, dispare, encarcele y otras tantas formas de vulneración de derechos contra aquellas personas que realizamos un reclamo legítimo, dicha forma de violencia reaccionaria no podría suceder. ¿Por qué hemos naturalizado la represión? Hace una semana atrás se difundió un video filmado desde uno de esos edificios altísimos al estilo sueños de la gran manzana. Allí se puede ver que manifestantes arrojan elementos hacia el edificio del Consejo Deliberante de la ciudad en donde se llevaba adelante una modificación en torno a los aportes jubilatorios. Quien filma, en su tono de pudiente indignación, dice que no son ningunos pobrecitos. Que miremos cómo rompen. Que después cuando los reprimen se hacen los que no hicieron nada. Que además son personas estúpidas e idiotas. Algo parecido sucedió en el Encuentro Nacional de Mujeres. Se puede oír de boca de quienes asistieron que fue un convivio de festejo sororo cargado de diferentes experiencias; en las redes sociales y muchos medios trascendió que atentaban en contra de la moral y los valores por mostrar las tetas y que, en esa explosión de violencia feminazi, hasta habían quemado un perrito vivo.

Las no-noticias en los diarios y la televisión dan cuenta de los disturbios. Muestran las imágenes. Facilitan esa indignación pudiente. Lo que se presenta solapa por qué se lleva adelante un reclamo y pasa a primer plano la necesidad inminente de más represión porque esta gente, al parecer, reclama solamente porque le han quitado el postre de su única comida diaria. La bronca aparece. Pero es muy raro. Es todo tan raro. Esa bronca no es generada por la represión contra quienes reclamamos por nuestros derechos -sea para mantener los adquiridos, algo que parece salido de una novela distópica, o para conseguir aquellos que se niegan. El odio ebulliciona por el reclamo mismo; quienes se enojan pocas veces saben por qué se está reclamando. El foco es “qué vayan a laburar” o “que nos dejen trabajar tranquilos” o, sin mucho decoro, se evoca otra época en la que esto no pasaba. Ese momento de la historia donde el silencio decía tortura y muerte que, a pesar de la memoria, actualiza características de este presente.

Macri sobre los piropos: “A todas las mujeres les gustan”

El jefe de Gobierno porteño habló en una radio de Ushuaia y opinó que “aquellas que dicen que se ofenden, no les creo nada”.

También resulta extraño que ante cualquier evidente responsabilidad del estado sobre un hecho atroz. Estas mismas personas que justifican la represión no emiten opinión porque nunca dicen “esta bueno reprimir” sino que su pensamiento queda atrás de las bambalinas de su muy bien aprendida forma de ver la realidad social con los ojos del dominante. Esos ojos que escriben, sin acercarse mucho a las palabras, que “Asesinaron a un hombre de 13 puñaladas”, pero en un crimen en el que está involucrada una mujer dicen “Apareció un cadáver, aparentemente, de una mujer” o “Encontraron el cuerpo calcinado de una mujer”. El verbo dice mucho, señores y señoras de los medios, por eso es el núcleo de la oración. Caro está que en esas vacías palabras, las mujeres asesinadas, torturadas y violadas aparecen o son encontradas por arte de magia sin involucrar a ningún sujeto agente en esa acto de violencia -ni personas ni estado.

Sin embargo, lo que no resulta para nada extraño es que suceda esto en este lugar inmundo en el que convivimos adentro de un corsé fronterizo trazado por asesinos. No es para nada raro que la mayoría hayamos elegido como presidente a esa persona que dice con su glamoroso timbre nasal: “a todas las mujeres les gusta que le digan un piropo (…) aunque sea qué lindo culo que tenés… está todo bien”; lease aquí, yo sé lo que creen todas las mujeres sin lugar a dudas, por lo tanto no hay posibilidades de que opinen o den una opinión distinta porque es mentira. No cabe duda de que si hay una única forma de pensar, cualquier diferencia mínima debe ser reprimida en pos de conservar este orden establecido en el que un hombre nasal sabe exactamente que quieren TODAS las mujeres. Por eso ahora está bueno reprimir; mañana, ¿qué va a estar bueno?

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