Back

Kratos en demos (God of Marketing)

5 min de lectura
Imprimir

Me acuerdo cuando en quinto grado nos explicaron los tres poderes. Un compañero, con el guardapolvo revolcado, le preguntó a la seño si entonces él podría ser presidente. La maestra le contestó sin titubeos que cualquier persona que lo deseara podría embestir el poder ejecutivo, incluso él. Mi compañero sonrió, se miró las manos y le dijo, entonces yo que no soy nadie, ¿puedo ser presidente?”. La seño, muy convencida, le replicó que podía seguir estudiando, que podía llegar a ser alguien en el futuro, postularse y ser elegido. Para finalizar la respuesta y que mi inquieto compañero, hijo de una de las porteras de la escuela, no vuelva a preguntar le dijo, con tono grave y solemne, que en eso consistía la democracia: el pueblo elige de forma representativa a cualquiera de sus ciudadanos para que dirija las políticas estatales.

En ese momento mucho no lo pensé. Tampoco presté mucha atención porque no me interesaba ser presidente ni presidenta. Esas personas trajeadas para mí eran semejantes a los villanos de los dibujos que miraba en la televisión. En quinto grado, quería ser bombero, sí, no bombera sino bombero. No había mucha reflexión sobre la identidad de género, por lo menos en mi barrio, así que nadie cuestionaba que eligiese el masculino. Pensarán que lo tomaba como el genérico que englobaba al femenino, ¡pero no! en mi imaginario quería ser un bombero que ayudaba a la gente, no se me había ocurrido ser bombera y ahora que lo recuerdo, hoy elegiría ser bombero otra vez; no es que quiera ser hombre, ¡no! simplemente bombero.

Por esa época nos creíamos todo. Mi compañero creía que iba a ser presidente y yo que iba a ser bombero. También nos comprábamos los sea monkeys, un polvo seco en una bolsa que al tirarlos al agua cobraba vida. Nos convencíamos de que, de verdad, eran gente tan pequeña que no la veíamos. Al principio nos costaba identificar el producto de la publicidad que mostraba personas de verdad que dependían de nosotros sin más acción que tirar el polvito al agua. Al ver que el polvo flotaba sin moverse mucho, volvíamos a mirar la publicidad y nos re-convencíamos. Los tuve casi un año y a lo último fanfarroneaba entre mis compañeros de la escuela: les decía que mis sea monkeys habían evolucionado y tenían una selva; el agua estaba verde. Mi compañero, contrariamente a su afán de poder, no tuvo tanta suerte como yo. Su madre, en una confusión de vasos, depositó sus dientes postizos en el universo de esos seres pequeñísimos de los cuales éramos amos y señores. No quedó otra que tirar a la basura su universo y dar por tierra el sueño de mi compañerito de hacerse pequeñito y vivir entre sus súbditos.

Después de tanto tiempo y tanta agua bajo el puente de Cipolletti, miro los enormes carteles de los candidatos y pienso si mi compañero de la primaria podría cumplir su sueño, que su cara cubra esos posters a todo color y que nosotras fuéramos sus sea monkeys. Nunca vi a ningún compeñerito en las pancartas, ni tampoco a nadie del barrio ¿Quiénes son los que tienen su cara al costado de la ruta? Las respuestas son variopintas, pero sin ir más allá de los colores primarios. En la provincia podés estar por el apellido. En la nación podés estar por el dinero. Aunque apellido hace dinero y dinero hace apellido. Mi compañero, que no era nadie, como él lo dijo y reafirmó mi maestra de quinto, no tenía ninguna de las dos que a la vez son una. Eramos monos marinos sin saberlo.

Ninfa del Limay
OCT – 2017

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

Ante la imposibilidad de rastrearla en redes sociales, pueden dejar comentarios sobre sus textos, llenando el formulario al pie de la presente página.

Escriba un comentario