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LA CASA DE JULIO ARGENTINO

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Julio Argentino fue un argentino nacido en Tucumán, pero, como es de público conocimiento, no un argentino cualquiera, sino un Julio Argentino. No, no, no es la casita de Tucumán o ¿sí? ¿habrá sido así su casa natal? Nunca estuve en esa ciudad de provincia donde se moldeó nuestra nación. Tuve la suerte, casi por casualidad casi porque quise, de quedarme parada en frente de la casa donde vivió en la CABA. Escuché distintas versiones sobre el edificio de diferentes personas a las que les pregunté cómo llegar: “que acá no era, sino en Tucumán; que está el cuadro del billete de cien pesos; que se puede entrar gratis; que se puede entrar gratis si sos policía; que si te cobran no uses el de Evita; etc., etc,. etc.”.

Al principio iba atenta, después la atención se me fue entre tantas casas antiguas bien conservadas y sanitas. Le pregunté a una señora que pasaba por ahí cuál era la casa de Julio Argentino, así le dije, Julio Argentino sin apellidos de piedra. La señora enseguida supo y me señaló con el dedo una casa donde dos policías tenían contra la pared a un muchacho boliviano mientras le escrutaban los bolsillos traseros.

-¿Qué pasó, oficiales?

-Anda vendiendo chucherías y acá no se puede.

-¿Por qué no se puede?

-Porque molesta a la gente que viene al restó. Ellos se quejaron.

Sin dejarme hacer mucho, los uniformados se llevaron al muchacho. Tampoco pude entrar a la casa, la puerta se abría solo a clientes y dado el target que medía, con mi sueldo nínfico no me alcanzaba ni para un vaso de agua de la canilla -ese agua especita de la CABA. Miré un poco entre que se abría y cerraba la puerta. Un finísimo cartel, tallado y barnizado a mano, glosaba “cocina gourmet”, entre manteles blanquísimos, cubiertos plateadísimos y cuadros al óleo en alusión a Julio Argentinísimo. Me recordó, por ósmosis, un relato sobre la casa de Adolfo que había leído hacía muchísimo tiempo. Se trataba de la casa natal del führer en un pueblito austríaco del cual no recuerdo el nombre. Cuando el narrador preguntaba en el pueblo, nadie sabía quién era Adolfo y su casa natal no estaba señalada, así como tampoco lo estaba la de Julio Argentino. También funcionaba algo en esa casa, al igual que en la de Julio Argentino, pero algo diferente: una biblioteca escuela para personas con discapacidad.

¿Qué es mejor para un pueblo o una ciudad? ¿Una biblioteca o un restó? Depende el contexto. Para un pueblito perdido en el medio de Austria, una biblioteca debe ser imprescindible, tanto como una escuela. Para una ciudad autónoma de alto vuelo, un restó gourmet elitista debe ser, argentiniísisimamente, imprescindible.

Ese día, me quedé bastante tiempo afuera de la casa de Julio Argentino. Mirando la puerta cada vez que se abría. Mirando la fachada e imaginándome que la puerta, lentamente, era empujada y salía Julio Argentino y al verme le decía a su sirviente: “mirá el espécimen este, llevalo al museo de la Plata… ahh pera, negro, todavía no fundé esa ciudad. Trae la espada”, mientras todo fluía como debía ser para que hoy día, al leer el pasado, entendamos lo que nos pasa.

Me cautivan todas las figuras históricas. No por su ideología, sino por cómo se han construido las narraciones sobre ellas. Hoy todas vivimos en la casa de Julio Argentino, ¿a vos te gusta la fachada?

Ninfa del Limay

OCT 2017

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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