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La cotidianidad es un campo de batalla

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En el periodismo suelen tener más peso las historias interesantes, dramáticas, testimonios de los horrores de la injusticia. Pensando en el 8M, día del Paro Internacional de Mujeres, quise relatar la vida de alguna compañera empoderada, sufrida en un mundo machista. De repente, me acordé que para eso solo hay que ser mujer y con ganas de deconstruirse. Acá estoy yo y mi cotidianeidad pasada y presente.

* Magdalena Vitale Morillo, especial para Cardo Ruso

El 8 de marzo es un día cada vez más trascendente en nuestra historia como sociedad y en el mundo. Es un grito de unión en un contexto de avanzada para la lucha feminista y también es bronca organizada: por femicidios, travesticidios, desigualdad económica, por la muerte de mujeres en abortos clandestinos y la lista podría seguir y ser realmente amplia. Pero las formas en que el patriarcado opera pueden ser tan evidentes como estos ejemplos, como también de formas mucho menos visibles, que hasta podrían pasar inadvertidas. Por eso, la cotidianidad es un gran campo de batalla y la negación a mis propios deseos por miedo a rechazar a un otrx fue recurrente en muchos momentos de mi vida. Pensando en esto, viajé en el tiempo a mi primer encuentro con las ideas feministas y me topé también con mi imposibilidad al rechazo.

Si un hombre te abre la puerta para que pases primero es una acción de origen machista, me dijo mi amiga una vez, donde palabras como patriarcado no existían ni en la memoria de mi inconsciente. ¿Y si alguien solo es amable? le pregunté. No es amable, es caballero y la caballerosidad es machista. Pum. Por un par de días estuve negada a esa idea.

Es marzo de 2018. Tengo veintidós años de vida y tres de consciencia violeta -color con el que muchas identificamos al feminismo-. Voy a entrar a un bar o subir al micro y me encuentro respondiendo “no, gracias, pasá vos. No, posta, pasá. Enserio… pasá vos”. ¿Si solo fuera amabilidad se negarían tanto a ir primero? En fin, no es porque te dejen pasar, porque te cedan el asiento como si vos lo necesitaras más que ellos, porque quieran pagarte una cena, o que te dejen pasar gratis a un boliche e incluso con consumición, cual rejunte de hembras pensada pa’ acarrear macho. No es todo eso, y podría enumerar muchos más ejemplos, sino que el problema está en dónde te ponen todas estas situaciones. Si el lema es “las damas primero”: tenés que ser una dama. Si es “las mujeres no pagan la cena”, muchas veces presuponen que viene con sexo incluido. Si es “mujeres gratis”, se supone que no sos lesbiana, o que si lo sos es para calentarlos, y si es con consumición la teca es que te emborraches y alguno te agarre medio inconsciente.

Las situaciones a las que somos puestas como mujeres no son inocentes ni casuales. Son redes que construyen símbolos, formas, concepciones, vínculos, todos patriarcales. “Qué exageradas” nos fumamos a diario. Es que, lo que unx tiene tan arraigado, no es fácil soltarlo. Y por eso, el feminismo no es un proceso fácil y es más lindo transitarlo con la compañía de otras. Porque todo lo que pensabas un día ya no es tan así y muchas cosas que hacías reproducían un modelo que no te beneficiaba. Porque te diste cuenta que en muchas oportunidades pensaste en otra como una puta, facilonga o como competencia. “Yo tengo más amigos hombres. Es que son más sencillos”, decía cuando era más chica. Y en mi casa muchas veces escuché la frase “las mujeres son todas complicadas”. Las mujeres son de Venus y los hombres de Marte. Típico. Qué título horroroso, claramente escrito por un hombre, que implica pensar que las mujeres somos de otro planeta. Actores, músicos, poetas, grandes escritores han hecho girar su arte hablándole a otros hombres sobre qué difícil/imposible resulta entender a una mujer. No somos de otro planeta ni extraterrestres. ¿Por qué es más “difícil” entendernos?

Tengo veintidós años y tres de consciencia y la semana pasada fue la primera vez que fui absolutamente sincera con un hombre que no me interesaba. A los doce di mi primer beso y ahí empezó mi vida con citas y coqueteo. “Che, vamos a tomar una birra?” A lo que muchas veces respondí: no puedo, me junto con mis amigas/hoy se me complica/tengo que estudiar/en estos días arreglamos”. Algo siempre inventaba. También podías leer alguna respuesta mía “no, perdón pero tengo novio”. Primero, ¿perdón por qué? Segundo, quizá solo me veía de vez en cuando con esa persona y no era “mi novio”. Pero así era más fácil. Siento como si en esas respuestas siempre hubiese estado cuidando que el otro, hombre, no se sintiera rechazado. Incluso me acuerdo que, en mi adolescencia, con mis amigas besabamos a chicos que nos encaraban sin saber si nos gustaban del todo o no. Hasta no hace mucho, un novio quería tener sexo en un momento que no tenía deseo pero igual yo cedía.

Ser feminista es decir NO cada vez que NO o que NO SÉ. Y la semana pasada la hice corta:“no, muchas gracias, pero no quiero”. Ah, entonces el problema era tuyo que no sabías negar las cosas que no querías, podrían decirme. Pero por suerte la vida me encontró con otras como yo, pibas con ganas de despojarse de la mierda que te obliga a cosas que no querés, a no respetarte, o a ceder por el otro. Incluso hasta puedo contar que empezar a decir que NO me trajo algunas peleas e incomodidades.

#8M: más de 12 mil personas recorrieron las calles de Neuquén

Realizaron una protesta frente a la Catedral durante la marcha.

Por suerte vi que esto del NO no era algo de mi individualidad sino de muchas construcciones que nos pusieron en ese lugar. Calladas y separadas. Hoy tengo mejores herramientas para defenderme y toda una familia, esa que se elige, de pibas que quieren sus cuerpos libres, que buscan romper el típico estereotipo de mujer, pero que no se auto flagelan cuando la construcción pesa más que la deconstrucción. Nos cuidamos aceptándonos los procesos de cada una y, también cada día y noche, nuestra integridad física. “¿Ya llegaste? ¿Llegaste bien?” Y si alguna no responde te contactas con otra que pueda saber algo.

En esta construcción de lazos intensos y amorosos entre nosotras, donde muchas veces nos despierta la bronca de sentirnos oprimidas y negadas, nos preguntan si en realidad lo que pretendemos es exterminar a todos los hombres del mundo. ¿Que si odiamos a los hombres? Si esa es siquiera una pregunta en debate, entonces hay que empezar de nuevo.

Ser feminista tiene que ver con cuidarse y cuidarnos. Se viven los procesos con trabajo pero también con alegría de liberación, de la conciencia ganada, con mucha empatía y el amor infinito a las pibas. Todo esto es a lo que llamamos sororidad.

Este 8M fue un gran abrazo sororo entre todas las que padecemos y que también disfrutamos, esas que estamos aprendiendo a decir NO y las que ya no tienen ganas de negarse la libertad o de sufrir desigualdad. Somos cientas, miles, amigas, compañeras, hermanas, madres, abuelas, novias, convivientes, esposas, todas juntas, para contar que ya no nos callamos más, que si nosotras paramos se para el mundo y que el futuro será feminista o no será.

Crédito de las imágenes: SADO colectivo fotográfico

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