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La re-bolución de la energía (o el movimiento de las estrellas)

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Por La Ninfa del Limay

Las palabras mutan, se modifican a través del tiempo y el espacio pero a veces la palabra en sí no cambia sino su connotación. Nosotr*s, seres hablantes: humanas, ninfas y gnomos somos solo conductores del lenguaje. Ese ente que está vivo por su cuenta pero solamente a través nuestro. Hoy quiero hablar de la palabra revolución, que fue muy utilizada en la campaña electoral del actual gobierno nacional mediante la conformación de un eslogan, como si se tratara de una nueva marca de papel higiénico: “la revolución de la alegría”. ¿Alegría para quiénes?

En torno a los cambios sociales, económicos y culturales se comenzó a utilizar la palabra revolución aproximadamente en el siglo XVII. Sin embargo, su sentido no era el que hoy podemos concebir. Estaba ligado a la palabra vuelta -volver- y se refería a un tipo de restauración. Es decir, a regresar a un estado anterior de las cosas supuestamente mejor que el momento en el que se revoluciona. En la actualidad, ligamos la palabra revolución no a una restauración sino a un cambio, a una modificación radical de la realidad en la que estamos inmersas y nos es casi imposible sacar la cabeza a la superficie. Intentémoslo.

Si fuiste al mercado, cargaste combustible a algún vehículo o simplemente apagaste la televisión o la sacaste del canal “todo niega”, habrás notado que vivimos un cambio radical pero no cómo te lo habías imaginado o te habían contado que sería. Lo claro de esto es que la alegría no nos pertenece, pero ¿la revolución?

Nuevamente llega a nosotras esta palabra para alentarnos a una nueva forma revolucionaria en una frase esgrimida por quienes tejen los hilos del dinero: “La revolución energética”. Nos llega desde la mismísima cercanía de Vaca Muerta. Nosotros, animalitos neuquinos de consumo, estamos chochísimos con esta nueva corrida económica de petróleo y gas mediante la famosa técnica de la hidrofractura o fracking. Hacemos más platita por lo que van a explotar nuestros desbordantes sueldos petroca: no tienen techo. Vamos a seguir viviendo la vida loca de las camionetas gigantes, la blanca y la lascivia de la carne que no siempre es asado. Así viviremos un tiempo más: chochos chochísimos de contentos.

Pero quienes no pertenecemos a la industria y nadie nos puede hacer entrar, deberemos buscar la conformidad de subsidios gracias a la contaminación del agua, del aire, la proliferación de enfermedades y el crecimiento de la mortalidad tanto infantil como de adultos mayores. Qué raro que nadie a favor de la vida reaccione por esto. Qué raro.

La tierra es un ser vivo del que somos parte. Si la pensamos así, la superficie terrestre sería como la piel y las duras y gigantes formaciones rocosas de su interior una especie de aparato oseo sostenido hacia adentro por la gravedad. Imagínense que a nuestro cuerpo, en algún muslo o, pongámosle, ya que estamos imaginando, que es el glúteo izquierdo. Lo perforamos de forma diagonal hasta llegar al huesito dulce, luego por ese tubo inyectamos agua mezclada con químicos que nadie sabe qué son. Sacamos lo que nos sirve para hacer combustible de ese hueso, que quedará fracturado y vacío, pero con restos de dudosos residuos. Esa zona del cuerpo quedará afectada, infectada y todo su alrededor se verá en pésimas condiciones de salud. Si se realiza sistemáticamente y en diferentes partes del ser viviente, el cuerpo siempre estará enfermo. Lo que todavía no nos dimos cuenta es que la tierra también es cuerpo y nos estamos autoflagelando en camino estéril.

Si les quedaba alguna duda de la magnitud de la contaminación de la fractura hidráulica basta con preguntarse por qué se anuncia como revolución. La muerte acecha esta zona de sacrificio desde hace tiempo. De a poco ha tomado cuerpos, pero se está expandiendo por más. ¡Ahhh!, ¿cuál fue el sentido del eslogan alegre hace unos años? ¿el cambio o un movimiento de retroceso o retrogresión? La incertidumbre de no saber si somos ingenuas o no prestamos atención a lo que se nos dice en la cara.

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