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LAS VOCES DEL TEMBLOR

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El terremoto que el 19 de septiembre pasado sacudió a México hizo recordar el de 1985 porque ocurrió en la misma fecha. Aquel sismo ocurrido hace 32 años inspiró numerosas crónicas y poemas.

Por Pablo Montanaro


19 de septiembre será una fecha que en México nadie jamás olvidará. Dos de los terremotos más devastadores en la historia de ese país ocurrieron exactamente el mismo día con una diferencia de 32 años. El de 1985, que tuvo epicentro entre las ciudades de Michoacan y Guerrero, provocó la muerte de más de 10.000 personas y dejó a otras 250 mil sin hogar. El número de muertos por el terremoto del 19 de septiembre pasado aún no está cerrado, pero hasta ahora hubo 324 víctimas fatales.

Crónicas y poemas registraron las cicatrices de esa tragedia del pueblo mexicano, transformaron la angustia en palabras, en literatura, y acaso eso sirvió para dimensionar la catástrofe, para liberar, al menos, tanto dolor.

Es la literatura, la crónica periodística la que no borra las cicatrices sufridas por la tragedia de un pueblo, de una sociedad. Retrata los acontecimientos históricos porque son una representación de la realidad.

De aquella parte de la ciudad que por derecho/ de nacimiento y crecimiento, odio y amor/ puedo llamar la mía (a sabiendas de que nada es de nadie)/, no queda piedra sobre piedra./ Esa que allí no ves, que no está/ ni volverá a alzarse nunca,/ fue en otro mundo la casa/ donde nací”, escribió el poeta mexicano José Emilio Pacheco en su poema “Las ruinas de la ciudad de México”.

José Emilio Pacheco Berny - poeta mexicano fallecido en enero de 2014 - imagen de www.elturbion.com

Pacheco, nacido en la ciudad de México en 1939 donde murió en 2014, escribió este texto un año después del terremoto que devastó México en 1985. Con su voz poética da cuenta de una ciudad devastada, en ruinas que produce la sensación de un final: “La avenida que pueblan damnificados/ me enseñó a caminar./ Jugué en el parque/ hoy repleto de tiendas de campaña./ Terminó mi pasado”, escribe en otro tramo de este poema.

Es el poeta dolido por ver su ciudad destruida, tocada por la muerte. Sufre junto a su ciudad y escribe para expulsar su dolor, su vacío. Por eso finaliza con estos versos: “Las ruinas se desploman en mi interior./ Siempre hay más, siempre hay más./ La caída no toca fondo”.

Con su libro “Nada, nadie”, publicado en 1998, la periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska buscó que ante semejante tragedia nada se olvide, nadie permanezca indiferente. Poniatowska entrevistó a los damnificados del terremoto y esas voces del temblor se convirtieron en aquel libro de la periodista que en 2013 recibió el Premio Cervantes.

La periodista recogió en medio de los escombros y de los edificios derruidos esas voces de rabia, muerte, impotencia, horror, desesperación y destrucción. Pero también emergió o, mejer dicho, despertó la solidaridad de los que lograron sobrevivir y que conmovidos por el desolador panorama arriesgaron sus vidas para intentar salvar las de los otros.

Es un libro que reúne esas voces vivas y desaparecidas, y también el coraje y la valentía de una ciudad que cayó y se volvió a levantar como esos boxeadores que caen a la lona pero juntan fuerzas para salir adelante. Aquí un fragmento:

Llegaron los scouts y uno de ellos, al ver una rendija bajo una losa, dijo:

-Yo me meto.

Se oía un llanto. Entró el scoutito y sacó al niño. Al salir dijo: “Hay otro”.

Se volvió a meter y que se cae la losa”.

Elena Poniatowska en el homenaje a la artista Leonora Carrington, Feria de las Culturas Amigas - mayo 2015. Imagen de Secretaría de Cultura Ciudad de México.

Poniatowska también retrató la cara de la soledad ante la pérdida de las casas. Alguien dijo que de esa soledad nos hablan muchas voces en este libro, para quienes los barrios, la casa, la ciudad son prolongaciones de su propia piel.

La gente corría sin rumbo y sin sentido sobre los escombros, gritando los nombres de los que habían quedado atrapados, levantando las piedras, los pedazos de ladrillos, los fragmentos de vigas y los cambiaban de lugar en su intento por salvar a alguien porque se podían oír los lamentos de los atrapados, sus voces ahogadas pidiendo auxilio”, escribió en otro fragmento.

Otro periodista mexicano, Carlos Monsivais, también rescató en forma de crónica el terremoto, pero en su caso apuntó a la manera en que la sociedad se organizó inmediatamente después de la tragedia para ayudar en el rescate de sobrevivientes y cadáveres. En el libro “No sin nosotros. Los días del terremoto”, este periodista y escritor mexicano, uno de los cronistas más destacados de Hispanoamérica, puso énfasis en la burocracia del gobierno mexicano por entonces en medio de la crisis.

Para Monsivais fue muy importante el impacto social y político que tuvo la tragedia del ’85. Recorrió los lugares afectados, conoció y retrató a una sociedad civil que se organizó dejando en ridículo a su gobierno.

Esa realidad la describió muy bien Octavio Paz, quien aquel septiembre de 1985 escribió “el temblor nos ha redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras elites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente sabio”.

Pablo Montanaro nació en Buenos Aires en 1964 y desde 2004 reside en Neuquén. Es periodista y escritor. Se desempeña como editor en el diario La Mañana de Neuquén. También es columnista sobre temas culturales en radios.

Ha publicado numerosos libros de poesía, el más reciente “Los nombres del oleaje” y también biografías “Francisco Urondo. La palabra en acción”, “Cortázar, de la experiencia histórica a la revolución”, “Juan Gelman: esperanza, utopía y resistencia”, “Osvaldo Soriano, los años felices en Cipolletti”. Además publicó “Construcción de la memoria: conversaciones sobre dictadura y genocidio”.

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