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Leendo el presente

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Por la Ninfa del Limay

La literatura pareciera vislumbrar el futuro. Fíjense cómo lo que hoy existe fueron, hace muchos años, elementos dinámicos de los libros de ciencia ficción de Asimov y más escritor*s: robots, autómatas, máquinas voladoras y espaciales. ¿Cuántos estados totalitarios hubo, hay y habrá similares al modelo de 1984 de George Orwell. ¿Cuánto abusamos de los fármacos como si los necesitáramos para vivir en sociedad como en Un mundo feliz de Huxley? ¿Cuántos? El cuento de la Criada, de Margaret Atwood, me eriza la piel porque espeja desde ese pasado de escritura ideas que hoy adquieren fuerza, como considerar a la mujer una máquina de concepción sin poder alguna de decisión. Pero me niego a creer que las mujeres podríamos perder todos los pocos derechos que hemos conseguido mediante la resistencia a través de cientos de años.

¿Por qué “leendo” está mal escrito o mal dicho? Se dice “leyendo”, dirán sin ninguna reflexión. Así como si digo “imprimido”, probablemente me digan que se dice “impreso”. Sin embargo, la Real Academia Española (RAE), que gracias al lenguaje inclusivo hoy tiene más adeptos que nunca, dice que puedo decir “imprimido”; gracias, gloriosa RAE inclusiva. De “leendo” no dice lo mismo, pero también podría ser el gerundio de leer. Aunque muchas personas que dicen qué está bien o qué está mal no puedan explicar por qué. Tal vez nunca buscaron en el diccionario la definición de la palabra arbitrariedad.

Me gusta la idea de estar “leendo el presente” porque, por un lado, resulta incómodo para quién lee la irreverencia del verbo y, por otro lado, “presente” es una palabra ambigua y, a la vez, cargada de una transcendencia filosófica irreductible a la nada. Podemos estar leendo el presente, pero cuando leemos literatura rompemos el espacio tiempo; no leemos solamente el presente. La lectura literaria, entendida como un entramado de textos orales y escritos, nos conforma como seres capaces de leer más allá de lo que nos dicen y de lo que nos hacen, más allá del tiempo y el espacio. Como todo ser egocéntrico y cómodo, insistimos en la necedad de creer lo que se nos dice. Sin embargo, no podemos decir que es lo mismo leer por nuestra cuenta a que alguien nos diga qué dice el texto. Allí radica la diferencia entre la repetición del loro y la construcción de un enunciado a sabiendas de lo que configura en su sentido y significado.

Ahora me encuentro leendo el presente. Las nubes bajas y el viento que, raramente en el valle, cambia su dirección hacia el oeste. Los diarios de la zona dan certeza de prometedores movimientos de dinero gracias al petróleo y al gas; ponen la palabra “emotivo” para dar cuenta de actos contextualizados en momentos de carencia; dicen que se puede mandar a matar y seguir siendo una figura pública capaz de ocupar puestos en el gobierno; en los comentarios de los lectores en todas las notas referidas a los paros, marchas o encuentros puede leerse “vayan a laburar” o variantes de esta frase dictada. Nada dicen estos diarios acerca de las pérdidas de derechos y garantías del pueblo mapuce; nada dicen de la contaminación que avanza sobre todo el valle como un gusano blanco; nada dicen sobre la gente con frío y hambre que vemos cuando transitamos cualquier avenida.

Seguiré leendo el presente. La esperanza radica en que, tal vez, algún día dejemos la comodidad de las lecturas masticadas por dientes rancios y oscuros y leamos por nuestra cuenta. Ojalá que no sea tarde y todavía podamos trabajar en comunión y no mandar a laburar a las únicas personas que ponen el cuerpo por todas nuestras vapuleadas vidas.

Imagen destacada: Juan José Thomes

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