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Mientras, las plantas crecen

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Y el representante de la fuerza, vestido de verde, le dijo a su par en tono jocoso “en otras provincias se los hacen comer”, mientras rompía el porro delante nuestro. Le pregunté “¿hacernos comer?, ¿qué tiene que ver?”, al instante me miró con sus ojos en furia y respondió “¿querés irte o quedarte acá discutiendo?” Mi compañero me tomó del brazo y nos fuimos. Así concluyó un episodio que duró varias horas por llevar en el auto un cigarrillo de marihuana. Ese cierre fue un pequeño maltrato de varios que sufrimos mientras manoseaban y desordenaban nuestra ropa y todos los elementos que llevábamos como equipaje. Las vejaciones no nos sorprenden, sí algunos comentarios que dejan entrever la perspectiva intolerante e hipócrita de quienes controlan qué llevás encima, por ejemplo la pregunta “¿por qué no compraron al llegar?” A lo que podríamos haber contestado que no compramos nada porque, además de favorecer el siniestro negocio del narcotráfico -que patrocina campañas políticas partidarias variopintas-, elegimos, por nuestra salud, lo natural, aquello que sabemos que es cultivado no para especular con el traslado y la venta, sino para el momento de distensión, placer o como umbral espiritual. ¿Deberíamos haberle explicado?

Hace unos días, otra de las fuerzas -la que rechaza el color verde- irrumpió en la residencia universitaria de Fiske Menuco como si allí se albergaran criminales de altísimo calibre. Sin embargo, no creo justo despotricar contra esa fuerza que no hace más que actuar sintiéndose legitimada por casi un cincuenta por ciento de nuestra joven y garantista nación. Es como si nos molestara el actuar repetitivo de un bebé en su primera infancia, cuando sus prácticas son avaladas y aplaudidas por sus padres -o por solo uno de ellos. A diferencia de la mayoría de los discursos contrarios a estas prácticas, no quiero “que arda todo” ni “romper todo” como puede leerse en las redes sociales. El ideal debería ser la búsqueda de que nadie legitime estas formas de violencia, sino seríamos lo mismo que criticamos, pero cómo tantear la tela que envuelve la tela.

Estamos en época de cerezas, frambuesas y otros frutos rojos como lo es la hipocresía; roja como la sangre. Aflora por vastos lugares sin necesidad de riego. Además del secuestro y los operativos excesivos por un par de plantas de cannabis, también muchísimas mujeres mueren en abortos clandestinos, mientras quienes rechazan públicamente esa práctica los llevan adelante en sofisticados centros de salud al resguardo del dinero. Otras veces, las personas que se autodenominan pro-vida niegan comida a niños que piden o se rigen por el aspecto físico al momento de la adopción; aunque esto último no lo podría juzgar porque me estaría metiendo en sus sus principios estéticos. Así pasa, casi como una práctica algorítmica sistematizada, en varios aspectos de nuestra vida social. Esgrimimos acciones o discursos contrarios a lo que realmente creemos o llevamos adelante en nuestra intimidad. Eso no sería un problema, puesto que el hipócrita ermitaño es el más inofensivo. El gran inconveniente es que el gran porcentaje de esta pandemia nacional apunta hacia las demás personas. Lo que resulta bastante extraño porque ninguna persona afirmaría abiertamente que se siente con el poder de decidir por otras, aunque no dejamos de oír: “¡no deberían besarse en público!”, “no deberían poder adoptar”, “qué tengan el bebé y lo regalen”, “no podés plantar eso”, “si quieren un buen sueldo, que trabajen de otra casa”, “hay que mandarlos a la cordillera”, “¡qué se vuelvan a Chile!” y, el falso tolerante, “no me molesta, si no los veo”. Tal vez, el árbol de la hipocresía es como el limonero de las cuatro estaciones y recién nos venimos a dar cuenta. Mientras tanto, las plantas crecen.

Ninfa del Limay

Dic – 2017

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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