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Mis felices pascuas

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Hoy podría hablar de los 62 curas argentinos acusados de abuso sexual o de la inexistencia del infierno o sobre el cura que patea a las egresadas en La Plata, pero prefiero hablar sobre este fin de semana santo. Me acuerdo cuando era muy muy pequeña, todavía una niña humana, y como mi familia practicaba el cristianismo, ese sentido religioso que mira con recelo al resto de las personas pero habla de amor al prójimo y le reza a un Dios castigador, seguíamos las reglas de resucitación de Cristo. Era la única fecha en la que comíamos pescado. Suerte para el único pescadero del pueblo, que gracias a ese fin de semana afrontaba los gastos de casi todo el año en un lugar donde se comen todos los días cortes de vaca y en verano chivos y corderos.

Los huevos de chocolate eran privilegio de unos cuantos niños y niñas que, a diferencia de quienes vivíamos en los barrios, usaban ropa tan blanca que en los inviernos costaba verlos entre la nieve. En semana santa se manchaban sus vestiduras. Nosotras no teníamos ese problema por dos motivos. Uno era que nuestra ropa zurcida y gastada no dejaba ver las manchas a simple vista, hasta se confundían con dobleces o cosidas de la ropa gastada. Otra era que no comíamos huevos de chocolate porque eran tan costosos que si comprábamos uno no había pescado ni arroz para todo el devoto fin de semana.

A mí me gustaba el pescado, pero quienes habían sido mis padres en esa época rezongaban del olor. No les gustaba el olor a pescado ni a huevo -cuestión extraña porque el huevo era base de nuestra alimentación. Tal vez por imitar los dichos de las narices respingadas del pueblo, esa gente de estatus bien que imitábamos hasta la ridiculez. Cuando cocinaban el pescado yo salía a las calles del barrio para no escuchar las quejas. Ese año se me ocurrió una idea genial. Junté todos los huevos del gallinero, los herví y cuando se enfriaron los pinté con circulitos y líneas de colores. Tenía ocho años. Después los escondí por toda la cuadra y, haciéndome la misteriosa, les dije a quienes eran mis compañeras de juego de todos los días que había pasado el conejo de pascuas -¿o les dije la gallina?

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Todavía no entiendo por qué ese día recibí una paliza de mis progenitores mientras me gritaban que me iría al infierno. Honestamente, sé que fue por una de tres razones, pero tampoco tengo claro si sabían exactamente por qué lo hicieron. Pudo haber sido por regalar los huevos de la casa al resto de los vecinos. Si bien éramos muy cristianos, siempre en casa se decía que nadie nos daba nada así que no le dábamos nada a nadie, pero después le dábamos gracias al Señor. También pudo ser porque pintar huevos de gallina como símbolo de la vida en relación a que resucitaba el cristo, constituía una herejía porque no era más que un óvulo pintado. Al no ser de chocolate ya no cumplía con lo permitido por la institución eclesiástica que regía todas las prácticas del lugar. O, simplemente, porque alboroté a mis vecinitas con esos huevos duros pintados como si también mereciésemos esa forma de festejo solamente apta para la casta de vestimentas color a nieve.

El cura nunca iba al barrio, pero cuando íbamos a la iglesia se notaba la preferencia que tenía por las muchachas de trenzas y cancanes blancos. Solamente a una de las chicas del barrio le prestaba atención. A veces la dejaba un rato más después de misa para hablar con ella y que lo ayudara a dejar atrás todo ordenado. Para su familia, que vivía a dos casas de la nuestra, era un orgullo. Ese fin de semana ella nos mostró que tenía un pequeño huevo de chocolate. Nos confesó que se lo había regalado el cura porque la quería mucho. Después de eso, esperábamos que nos convidara un trozo, pero para nuestra sorpresa lo tiró al fuego con un gesto violento. Por suerte el cura nunca iba por el barrio, sino tal vez nos hubiese agarrado a patadas por buscar huevos duros pintados y tirar al fuego un huevo de fino chocolate.

Después crecí y entendí que si el demonio te incita a hacer cosas que no se deben, como pintar huevos o tirar regalos al fuego, ¿por qué te castigaría si hacés lo que él desea? Me di cuenta de la contradicción. A lo sumo te haría su aliada y vivirías calientita en el infierno haciendo y deshaciendo todas esas reglas superficiales que tapan el verdadero horror de las personas sometidas mediante el miedo. Eso fue hace muchos años, después me di cuenta que el infierno no existe. No sé por qué hoy se arma tanta algarabía porque el mismísimo Papa lo confirmó. Hace mucho que es una mentira insostenible.

La Ninfa del Limay

ABRIL-2018

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