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MUERTES ANUNCIADAS

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Hace poco releí parte de lo que fue un libro que marcó mi paso por la secundaria. Aunque resulte increíble, las ninfas también vamos al escuela, allí aprendemos a escribir, a leer y a pensar de manera unívoca. Además, ¿cómo conoceríamos la buena literatura sin asistir al escuela? Tampoco pasemos por alto que el nivel medio en este país es obligatorio y dicha obligación no deja por fuera a ninguna cultura o levedad del ser: seas quien seas y caigas en la institución formativa que caigas. El libro que revisité se titula Crónica de una muerte anunciada del famoso y fallecido Gabriel García Márquez, alias el Gabo para sus allegados, quien fue la cabeza del animal del boom latinoamericano. Ese boom animal que supieron carnear y engullir en Europa. Nunca me gustó mucho el Gabo, ni creo que me guste en un futuro no cercano, pero esa novela me produjo una sensación nostradamuniana.

El nombre del personaje, que se sabe morirá desde el principio de la novela, resuena hoy como si fuese una premonición de aquello que sabemos pero hacemos como que no, ¿cuál es ese nombre? Es la cara con la que nos encontramos en las marchas, en las redes sociales y en muchísimos lugares públicos quienes no dejamos pasar los asesinatos cargados con ese rotundo mensaje. Ese nombre que aproximadamente el 40% del país compara con cualquier situación para desmerecerlo, para que lo pensemos merecedor de la muerte por no adherir a nuestro ejemplo consumista. Es su nombre y el de tantas personas que hemos matado por dinero desde esto que somos: Estado asesino, mediante la coerción en esta ocasión, otras con la colateral contaminación de la extracción y así podría desplegar una larga lista como un perfecto ejemplo de proliferación barroca.

Para justificar muertes en pos de ganancias cabe solamente un coco wash inhumano del discurso operata. Discúlpenme, pero siempre elegiré el agua fría y cristalina antes que unas vacaciones en Las Vegas y manejar un auto más grande que el patio de cesped sintético. El poder y el dinero, el dinero y el poder, cambia el orden, pero siempre prioridades. ¿Por qué entonces un colombiano de provincia se convierte en el escritor más leído de una generación europea (o mundial, pues el ancla eurocentrista no deja mover la nave)? Porque la primacía es la del producto. ¿Cómo instalarlo? A través de los juegos discursivos. Todo discurso busca la univocidad de pensamiento: lo malo y lo bueno. El Gabo era bueno, eso es innegable, pero ¿bueno para qué? El Gabo era malo para ser patriota, eso es cuestionable. No me malinterpreten. No hablo mal ni bien, sino que creo que el nombre de un personaje hoy resulta más significativo que nunca, porque la literatura, la buena literatura, nos avisa lo que va a pasar o, según la loca ciencia de vanguardia cuántica, la literatura configura directamente la realidad. Es decir, antes de convertirse en realidad la masa informe es moldeada por las tantas manos de la literatura y luego metida al horno. Por supuesto, quienes preguntan cuántas hojas tiene cuando se le acerca o recomienda un libro, probablemente serán parte de los cocowashados del discurso del dinero/poder o poder/dinero, como dije, según cuál ambicione más o le haga falta para lo otro.

Antes de terminar les seré sincera, revisité la Crónica de una muerte anunciada para convencerme, después de años de relecturas, de que el único cuento sin marquesinas que podré leer una y otra vez es su contrario en el universo garciamarquiano: “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Próximas muertes han sido anunciadas, ¿qué novela sigue?

Ninfa del Limay

NOV – 2017

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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