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¿Oíste de un tal Eduardo Snowden?

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El 24 de marzo de 1976 el terror se hizo carne en nosotras. Esa misma fecha, pero un año después, Rodolfo Walsh denunció, a través de una carta abierta y por diferentes cables clandestinos, las falacias del golpe militar y también sus atrocidades para luego sufrir la desaparición aleccionadora por parte de este aparato represivo, que fue (es) el abrazo armado de una potencia mundial en nuestro territorio. Lo vivido se asemeja a una trama orwelliana y, por la opresión e incertidumbre, también kafkiana. La literatura intenta exorcizar este terror vivido o morido. Hay tantos ejemplos, como el cuento “Graffiti” de Julio Cortázar o “Los mejor calzados” de Luisa Valenzuela. También variadas novelas. Una sumamente leída estos últimos años es Lengua madre de María Teresa Andruetto o, de escritura cercana, El combate de los pozos de Graciela Reincke. Sin embargo, ningún relato podrá asemejarse jamás a la experiencia de quienes sufrieron el abuso de esa inhumana mano ejecutora de intereses foráneos.

¡Sí! Porque si todavía repetís el verso de la teoría de los dos demonios o guerra entre civiles armados y militares, es probable que desconozcas material histórico que da por tierra esa falaz teoría esgrimida desde una postura sin fundamentos. Sino también, puedo presentarte a Eduardo Snowden quien nos legó varios documentos que demuestran la participación de la CIA en la ejecución de lo que se denominó el Plan Cóndor, que consistió en desestabilizar las democracias del sur americano -Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y Argentina- e imponer dictaduras para así ejercer un plan económico que no interfiriese con la máxima estadounidense: el libre mercado.

Ese discurso que esgrimieron Videla y tantos otros dictadores. Ese discurso sobre el valor de la patria. Pieza también del discurso falaz en el que la palabra patria no vale nada más que los intereses individuales y de los poderosos. “No dividirán la patria argentina”, decían, pero ya no somos unos simios que nos dejamos llevar por las emociones como para creernos inventitos como la patria, entonces ¿por qué muchas personas comparten en las redes sociales memes de Videla con la leyenda “te lo mando afeitado, bañado y con ganas de laburar” en relación a la desaparición de una persona? O la viralización, desde el año pasado, de un video en el que se pretende enseñar (o ensañar) a las personas que acuden a la escuela pública la teoría del doble diablo. Como si el proceso de reorganización nacional hubiese consistido en ordenar el cabello, la ropa, las actividades de las personas jóvenes o resistir un ataque armado. Sabemos que no es así, que el cabello, la ropa, las actividades y los pensamientos no eran algo que se pretendían modificar, sino borrar de este territorio. Quitar eso diferente que homogeneizaban como comunismo o marxismo sin entender bien de qué se trataba, cuando en realidad soltaban sus perros violadores, torturadores y asesinos bajo la bandera del libre mercado. Una bandera que distaba mucho de ser celeste y blanca, hoy ya no.

Lo paradójico es utilizar una palabra inexplicable como patria, vinculada con la identidad de una región establecida arbitrariamente, para vaciar de riquezas -económicas y humanas- el lugar y así quedarnos tranquilos con una patria fría, seca, inexistente y con botas gruesas. Por suerte, el pasado ha pasado y ese horrible plan sistemático de borramiento de lo humano de la humanidad, en pos del dinero de unos tantos, no tuvo éxito, ¿o sí?

La Ninfa del Limay

MAR – 2018

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