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POR LAS TRENZAS DE MI ABUELA

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La previa era siempre igual. Después de la escuela, de jugar toda la tarde en la cuadra del barrio y llenarnos de polvo y de piel. Después de la merienda y el grito de mamá que sentenciaba la ducha no deseada, venía ella con su bastón y nos decía -con la paz que le falta al mundo-: “sin baño, no hay rebaño”. Y los tres entendíamos que si esa noche queríamos salir de la ciudad de la mano de su lengua, había que enjabonarse bien las orejas y el ombligo. No había que cargar bajo las uñas ni un grano de tierra. Siempre sostuvo que las historias, a la hora de dormir, o son pulcras, o se las lleva el viento.

Tantas noches he bajado por las trenzas de mi abuela. Nudo a nudo. Historia tras historia. Si hasta me parece verla ahí, al pié de la cama con sus dedos que como dientes de peine añejo trenzaban su larga cabellera negra y lisa. Y en la cabecera de la catrera, mis dos hermanos y yo, añoranza de pequeños contemplando aquella mujer arreglarse para meterse en lo más profundo de sus sueños.

Quizás se engalanaba para encontrarse con el abuelo y poder terminar, cada noche, la conversación inconclusa. Poder decir lo que quedó en el tintero, goteando el escritorio en cartas sin fin que el camión de basura jamás supo entregar a destino.

Quizás, para tener una cita romántica con el amor de su juventud. Aquel amigo buen mozo que bailaba tango y una noche terminó preso por defender a una lejana y joven abuela de la faca oxidada de un borracho y así, romper toda ilusión de una futura familia.

O simplemente tejía el cabello porque sí, y ya, sin tantas vueltas. Quizás era eso, la simple rutina que de niña había aprendido de su madre, para que al cantar el gallo de la mañana, la cara pase por una lavada rápida y el cuerpo sin excusas, por fin se ponga a lavar la ropa de los hombres de la casa. Sea cual sea la excusa, todas y cada una eran para abrazarla y por ahí, ahora que los tiempos son otros, contarle que su voz pudo ser revolución.

Alfredo Abalos-Mi Abuela Bailó la Zamba

Uploaded by adriana ferreyra on 2013-10-21.

Lo cierto es que gracias a la rutinaria y meticulosa acción de la anciana, yo conocí el mundo entero. Aprendí de los peligros y entendí que el miedo no es cuestión de cobardes, sino de sabios. Me volví valiente en circunstancias increíbles. Recorrí caminos que nadie ha caminado. Conocí de las picardías de Don Urdemales y supe también, que el zorro era igual que él, pícaro con los poderosos y vencido por los más piojosos. Me volví piedra contra gigantes. Loro desconfiado. Piojo ganador de batallas contra feroces pumas. Conejos sabios que con un solo grito, defendían la sombra de su siesta. Y pensar que para ella parecía una tarea más. Como si de lo más profundo de su pecho sacara ingredientes varios y sobre la manta tejida con lana de oveja, cocinara en la olla de la narración el menú más exquisito de sus historias.

Ella era hermosa. Su piel, arrugada, si, parecía un fueye hablador. En su mentón habitaba una curva perfecta, como de ripio y para nada peligrosa, cuyo destino era una boca de labios finos. Sus ojos eran los ojos de pez de un barco inmigrante que siempre dan a las profundidades del océano. Estoy seguro que fue en aquellas bajas maderas en las que se hizo primero escucha, y después narradora. Estoy convencido que siendo ella tan niña, heredó de su madre la vocación de contar para que el viaje, mes a mes, no sea tan distante. Y a quién si no a ella, que debo agradecerle por haber llegado a tierra y subirse al tren de los recuerdos.

Que inventaba, seguro. Que de lo que contaba, la mitad lo ponía su imaginación, también. Pero que ahora yo esté llevando a mi nieto a dormir, me recuerda de antemano al moño rojo que mi abuela ponía en su trenza, cuando por fin, daba fin a su relato. Por las trenzas de mi abuela puedo decir que me hice cuentacuentos para mis hijos y mis nietos.

  • Ilustración con Amedeo Modigliani “Niña con trenzas”, 1918.

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