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A propósito de robar libros

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Entre el catálogo de cacos que pueblan la literatura de ficción y no-ficción sobresalen los “ladrones de libros”, con una variada lista de estrategias para esconder entre sus prendas un conjunto de hojas de papel encuadernadas por el lomo. Aclaro que en esta nota no me refiero a los “ladrones de tinta”. * Por Mauricio Bertuzzi

Los ladrones de libros circulan por el ámbito cultural con cierto aplomo y romanticismo, junto a los lectores que no devuelven los libros que les prestan. El préstamo de libros (y el robo) están regidos por una suerte de ley de conservación de la materia impresa: la cantidad de libros que prestamos y nunca nos devuelven es similar a la de los libros que nos prestan y nunca devolvemos.

Un cura jesuita de la ciudad de Córdoba tenía suspendido en un anaquel de su biblioteca un cuadro que versaba: Existen dos clases de boludos: los que prestan los libros. Y los que lo devuelven.

Hay un libro que muy poca gente robaría: “Nadie acabará con los libros”, con entrevistas a Jean-Claude Carrière y Umberto Eco realizadas por Jean-Philippe de Tonnac y traducidas para editorial Lumen (2010) por Helena Lozano Miralles. En él, Carrière sueña: “Soy un ladrón y entro en una casa privada donde yace una magnífica colección de libros antiguos, pero llevo una bolsa en la que me caben sólo 10. Más dos o tres en los bolsillos, digamos. Es preciso elegir. (…) Abro los muebles que contienen los libros. Tengo sólo unos pocos minutos para llevar a cabo mi elección, porque una alarma podría haber avisado a la policía. ¿Qué elijo?”

Esa duda no aqueja al ladrón que rememora Luis Mey en “Diario de un librero” (Interzona, 2015) y que es descubierto “robando libros caros, y no tanto”. El hombre de unos 40 años está robando unos libros porque tiene que darle de comer a sus hijos. Y el librero “agotado de suposiciones, proposiciones y supersticiones, se aleja y lo deja hacer lo que sea”.

Otro librero, conmocionado por la irrupción en su local comercial de una ladrona, es el personaje de la novela “Severina”, de Rodrigo Rey Rosa (Alfaguara, 2012). Enamorado, día a día, la deja hacer con la esperanza de que el listado de los libros sustraídos le ayude a entender el enigma de su vida.

En cambio, Alejandro Zambra en “Formas de volver a casa” (Anagrama, 2009) discute con su padre en una sobremesa: “Yo he robado, he robado mucho, digo, para contrariarlo. (…) Una semana llegué a robar dieciocho libros –digo dieciocho para que suene excesivo y a la vez verosímil, pero fueron sólo tres y me sentí tan culpable que nunca más volví a entrar a esa librería.”

El delito de Néstor…

Si una noche…

de invierno un viajero. No fue una noche de invierno, ni era viajero fue una tarde calurosa de noviembre y era estudiante….

Tiempo atrás, Néstor Tkaczek publicó en su columna “Palimpsestos” del diario Río Negro el relato de su primer robo de un libro, la novela de Italo Calvino “Si una noche de invierno un viajero”, en la edición de Bruguera.

No fue una noche de invierno, ni era viajero; fue una tarde calurosa de noviembre y era estudiante. El lugar, la calle Amigorena, a metros de la avenida principal de la ciudad de Mendoza. Buscaba yo un texto para una materia. El libro era caro y mis deseos muchos y mi plata escasa. Vi la novela de Ítalo Calvino en una mesa pequeña como el libro. Tapas color (los matices de los colores son un verdadero intríngulis para mí) digamos que crema, la ilustración de una botella transparente que deja ver una casa con árboles y unas colinas al fondo. Me atrajo el título. Me sonó a magia, y a imposibilidad cuando el librero amigo me dijo el precio.

Merodeé como un experto cazador en torno a las estanterías y, mientras llegaban otros clientes, una idea le fue lentamente torciendo el cuello a mi voluntad: robar el libro. No lo pensé demasiado, pero una agitación, cierta transpiración en las manos, y unos desplazamientos torpes eran fácilmente delatables de mi propósito. Así y todo me arriesgué y en un momento de descuido metí aceleradamente el libro entre mis cuadernos, al par que hojeaba con interés fingido una revista sobre ciencia ficción en el sector de las ofertas…” El final de la historia se puede leer en la viñeta destacada.

La respuesta de Rivas…

“El que roba un Calvino”

La mujer que roba una remera es una mechera y, si es descubierta, va presa ante el festejo general. El hombre que roba una…

Días después, Santiago Rivas, dueño de la librería más conocida de Neuquén, se sintió interpelado por la columna y contestó en una carta de lectores: “El periodista Néstor Tkaczek detalla sin tapujos ni vergüenza en su columna de este diario, el 20 de septiembre, como durante toda su vida robó libros y es un “intelectual” porque robó un libro de Calvino y no un par de zapatillas (?)… Yo también fui estudiante y vivía tentado por cosas que no podía comprar. Pero no me las robé. Me las aguanté.

Viviendo en una época donde hay libreros que deben transformarse en acróbatas de las ofertas para poder pagar las cuentas porque sus ventas bajaron estrepitosamente y donde muchas librerías están cerrando sus puertas, la anécdota del señor Tkaczek suena bastante desubicada.”

Tal vez, partícipe como lector del debate, el dramaturgo Alejandro Finzi comentó por esos días en su cátedra universitaria: “Nada va a reemplazar el papel. Nada. No hay nada como el olor de un libro. Un libro viejo, un libro subrayado, lleno de los dedos de manteca… no hay nada más hermoso que eso. No hay nada que… que un libro, qué sé yo, que un libro que uno ha podido robar. Yo teniendo la edad de ustedes era un gran ladrón de libros. No podía comprar todos, robaba libros… tenía un saco especial con bolsillos grandes. Ahora ya no se puede más porque están los marcadores esos, las librerías se defienden de manera muy sofisticada ahora. Cuando yo era joven no. Yo robaba muchísimo… y era muy bueno. Pero bueno, ya no se puede más… es una profesión que cayó en desuso.

Acerca de la imagen destacada….

São Paulo captura a su ladrón ilustrado

En la biblioteca municipal de Itápolis, un modesto municipio en el estado de São Paulo, estaban desapareciendo libros. Tantos, y a tanta velocidad, que la dirección resolvió instalar unas cámaras para encontrar a los responsables de la sangría.

Todavía, por suerte, en mi biblioteca de cajones de manzana hay muchos de esos libros. Había libros que, necesariamente, había que comprarlos. Y otros libros que había que comprar aun dejando de comer. Es que el alimento que nos da un libro permanece. Entonces, entre una cerveza y un libro… entre lo que cuesta una cerveza, y un libro en saldo en la mesa de Alejandro Flynn, ahí en el pasillo: cien veces el libro, pero cien veces. Es decir, Alejandro vende… a veces tiene… Fernando compró un librito del fondo de editores de América Latina, y ¿cuánto te costó? 40 pesos, menos de una cerveza. Uno ni lo piensa, compra el libro, ¿se entiende? Ese es un estudiante de Letras.”

Entre los estudiantes de letras de la Universidad Nacional del Comahue circulan muchas versiones de ladrones de libros regionales. ¿Alguno se animará a contar su hurto librero para Cardo ruso?

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