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Rituales (o me cago en Dios)

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Tengo muchos
hermanos con sotanas
Rilke

Hay que quererse más, en el sentido recíproco. La biodiversidad patagónica nos rodea de tantos seres que no nos queda otra que compartir. Esa socialización deviene en un afecto a personas que miran el mundo con otros lentes: con más o menos aumento correctivo por padecer de astigmatismo, oficialismo, catolicismo, miopía o misantropía. También nos vemos reflejadas en ellas como lo que fuimos y cambiamos y como lo que nos encantaría o no nos gustaría para nada ser. No me malinterpreten, no digo el paquete ideológico completito, sino ciertas características de esos otros animalitos neuquinos de los que aprendemos para rechazar, adaptar o re pensar nuestras prácticas cotidianas.

Una de esas personas cariñosas, autodefinida como católica apostólica argentina alternativa (CAAA), ha compartido conmigo su sufrimiento. Después de alejarse de su pareja, encontró en la iglesia un gran refugio: ese que se dice santuario. Al participar de la orquesta de la congregación, una energía lograba renovarse y superar día a día la tristeza del desvínculo de quien había sido diferente a lo que ella se había imaginado. Este fin de semana, ese privilegio de compartir la música con sus hermanos y hermanas le fue arrebatado: las autoridades eclesiásticas dictaron que una mujer manchada por la impureza de la separación de la santa institución del matrimonio no podía erguirse en éxtasis musical frente los fieles.

Nadie puede ni podrá negarse a las decisiones jerárquicas de una entidad religiosa, como sucede en todas y cada una de las instituciones ordenadas jerárquicamente. A la persona, sea cariñosa, sufriente o ambas, no le queda más opción que irse a llorar a la llorería y así pasó. Lo nutritivo de esta situación fue la piedra de toque para cambiar los anteojos con que se mira lo instituido. El ritual del casamiento, rito de paso de la soltería hacia la institución del matrimonio, no podía ser disuelto sin reacciones adversas. Los rituales están para eso: se pasa de un estado identitario a otro y vos no podés volver para atrás el casillero; sí podés verte complicada para avanzar hacia adelante sin respetar el rito por aquellas personas que así te lo demandan. Por mi parte, me voló los anteojos por estrabismo nínfico indefinido y, como un reflejo en un cristal que nunca existió, veo lo que pensaba extinto: una práctica ortodoxa que no contempla los sentimientos.

Quiero decir ritual y sale religión. Dos palabras que actualmente son muy criticadas por quienes cuentan con un sesgo de criticidad. Sin embargo, como toda parte del rompecabezas del discurso, se cargan de sentido según sus usos y costumbres. Pareciera que los rituales, después de su impronta griega, han pasado a ser de uso exclusivo del claustro religioso occidental (catolicismo, protestantismo bautista o evangelista, etc.), de los hechizos de magia negra o ese uso étnico animista, que como bien dicen los antropólogos piolas de la nueva era -con letra de varias eras atrás- no es religión sino rito de adoración llevado adelante por los indios. Lo que no se dice se puede estimar por lo contrario; pues claro, al Dios occidental no se le adora, se le teme.

Todas las personas tenemos rituales. La flexibilidad y el compartir al pasar por ellos es lo amoroso. La apropiación de los mismos desde lugares de poder deja entrever que se cagan en Dios o cualesquiera sea la figura de adoración o respeto que proclamen, pues ante los sentimientos de quienes tenemos fe, sea en personajes idealizados que jamás vimos o fe en las mismísimas personas que conocemos, desde ese poderío se prioriza la moral fósil. Las invito a un ritual pagano considerado grasa por ese sector elevado al que aspiramos llegar. Te invito al matetun, que en su preparación se asemeja al arte zen de la vida. Cebar mate refleja la forma de relacionarnos mientras vivimos. Una mímesis de este ritual con el vivir en serio. Sí el mate está frío, revisá tu corazón.

-¿y si está muy amargo?

Ninfa del Limay
NOV – 2017

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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Imagen destacada: “Crucifixión Nº 1”, 1971 Collezione d’arte contemporanea (Vaticano) – Gaston Orellana

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