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Viejo gordo, devolveme la magia

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¡Cómo disfrutábamos de los días previos a la natividad y el éxtasis de su víspera! Esperábamos ansiosas que lleguen las doce para recibir nuestros regalos. Curiosamente, siempre sucedía algo que nos hacía alejarnos del pinito navideño. Luego los regalos, la felicidad, la sorpresa o la desilusión por no entender todavía lo que es la situación económica y sus consecuencias en esos efectos materiales cargados de ilusión que aparecían debajo de un pino de plástico que simulaba estar nevado.

Después, como nos ha pasado a todas las personas medianamente aprestadas en cultura única, te enterás que te dejan los regalos los adultos y ese es el génesis de la gran pérdida: dejamos de creer en la magia. Es el primer escalón de una escalera que no sube ni baja, sino que te inicia en un viaje a esta adultez donde lo único factible es la realidad. El problema es que esa realidad no es la que imaginás sino que ya está establecida y hay que bajar la cabeza. Después confundís la realidad, que es esa construcción opaca y engañosa, con lo real, que es lo inasible que realmente sucede sin importar el corsé del discurso hegemónico o alternativo.

Primero, papá Noel, después los reyes y gradualmente te vas dando cuenta de que la navidad es un enrosque entre una religión antigua que ya nadie práctica realmente, ni siquiera aquellos que se empeñan en defenderla y mantenerla, llamada catolicismo -la que muchas personas conocerán como la del niñito Jesús- la otra, y la flamante religión actual, la del consumo o, como diría un crítico literario judío, El capitalismo como religión. Nos gusta porque aquello que vemos en toda pantalla luminosa lo podemos adquirir haciendo un pequeño, módico y gran esfuerzo: trabajar, poseer historia crediticia y practicar habitualmente el individualismo. Esta última es la regla más importante de la fe del consumo, de las otras se puede prescindir, pero para que nuestra placentera y sedentaria creencia prospere debemos hacer la vista gorda respecto de las otras personas -salvo hacia los criminales.

Algo de esas prácticas infantiles habita nuestra adultez como un fantasma. Si se le presta atención el fantasma puede convertirte en la persona más nostálgica del universo. En cambio, si se deshilvana la mutación de esa persona infantil movilizada por los sueños en nuestra siniestra forma de ser adultos, puede sentirse, por un brevísimo presente, un pedacito de magia. Por eso me pregunto para qué hablar de gaseosas antibióticas que inventan personajes, de colonialismos que masacran ante la búsqueda del metal amarillo o del neo que arrasa a voz de la ley del poderoso papel verde. Esas son cuestiones que sabemos -¿de la realidad o de lo real?-, pero ante eso nada somos y la magia nos pasa por los cuerpos. Por eso, por mi parte lo que importa es que ese viejo gordo nos devuelva nuestra magia.

Ninfa del Limay

DIC – 2017

“Ser mitológico que emerge los viernes para obligarnos a pensar”, eso es la Ninfa del Limay.

Esta suerte de Casandra del columnismo de fin de semana, que habla desde la verdad para que no la escuchemos, persiste en el texto con la lejana esperanza de que al menos en la lectura, nocturna y silenciosa, detengamos nuestro ser ante la perpleja realidad que nos circunda.

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