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Vogel

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Fui una especie de ofrenda de mis padres para ayudar en tu recuperación. Porque vos no tenías hijos, decían.

Mantuvimos un vínculo espaciado pero constante. Mi padre me llevaba de visita hasta tu casa en el pueblo. Cuando te visitaba yo estaba sentada en el sillón y vos me mirabas a los ojos y me decías, con un tono de voz tipo Charly: “Al mundo no le importa que lo dejes, él sigue andando con su sana indiferencia”. Yo lo miraba a mi papá como pidiendo “rescatame”.

Hoy de vos conservo un sólo libro de aforismos, el que escribiste apenas te mandaron de vuelta de Alemania, donde te había dado el brote.

Con los años me enteré que cuando mis padres decían, “pobre Roberto, se descompuso”, no era que te dolía la panza o la cabeza. Lo que sucedía era que vos no querías tomar tu medicación. Entonces podía ser que corrieras a tu madre con un cuchillo por todos los rincones de la casa. Te pasaba cada dos por tres eso de no querer tomar la medicación. Igual seguíamos visitándote. Yo seguía sintiendo hacia vos una mezcla de miedo y fascinación. En mi mundo infantil vos era todo lo raro.

Cuando iba de mi abuela miraba con atención una fotografía tuya debajo del vidrio de la cómoda del comedor. Te lucías en una pose de gimnasia artística casi de bailarín, junto a una chica joven y gimnasta como vos. No tuviste novias o eso creo, aunque eras gran admirador de tus alumnas, a las que seducías con tus acrobacias en las paralelas.

Muñequeras de toalla. Vendajes y cremas pastosas tiñen la tela blanca de un color azafrán. Rodeaban tus rodillas, o algún hombro, apretando el dolor.

En las yemas de tus dedos, amarillas de fumar, había restos de resina que te ponías en las manos para colgarte de las barras. Habías instalado una atravesando el marco de la puerta de tu habitación. Tomabas mate y fumabas en exceso. Envuelto en una nube de humo, tu cuerpo flaco y terso de gimnasta, encerraba un pájaro que quería volar. Practicaba levantar vuelo, incansable, haciendo flip flap sobre colchonetas del club del pueblo, donde enseñabas, donde todos sabían de vos.

De humo de tabaco y chocolate toblerone era la nube, y los libros que escribiste porque fuiste libre. Porque viviste intenso en tu cuerpo y en tu mente, tan intenso que hoy guardo tu recuerdo como si fuera un mensaje escrito que escribiste para mí, sin darte cuenta.

Habla de lunáticos, de pueblos, de la desmesura, de la libertad, de ir tras los sueños como locos malos, de la materia frágil que compone la verdad, de los mecanismos de una memoria, de habitar en los recuerdos de los que estuvieron junto a nosotros, de ser un poco en ellos cuando ya no estamos acá. A mis hermanos también los ofrendaron sin preguntarles nada. Ellos tuvieron otra suerte. Sus padrinos eran personas normales, cuerdas, pedestres. Los querían mucho y les hacían regalos.

Ahora se usa que los chicos, cuando crezcan, elijan la religión que quieran profesar.

María del Pilar Argat nació en Bahía Blanca. Estudió Sociología en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo los títulos de Licenciada y Profesora. Se especializó en temas de niños/as, jóvenes y derechos, ejerciendo su rol profesional tanto desde ámbitos públicos como privados. Desde 2016 participa de un taller de escritura en Oeste Usina Cultural, en el barrio de Caballito.

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Imagen destacada: Gladys Afamado de Sans “Sin título / linoleum on paper, 1967.Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) (Montevideo, Uruguay)

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